Sara Allen y Miss Lunatic en Central Park

Travaux d’expression écrite sur le roman Caperucita en Manhattan ( 1991), Madrid, 2002, Editorial Siruela, p. de l’écrivaine espagnole Carmen Martín Gaite.

La consigne est la suivante : Imagina que Miss Lunatic y Sara son amigas: se encuentran en Central Park.

Les rédactions des élèves montrent l’aisance qu’ils acquièrent et dévoilent leur atout : l’imagination.

La parole des jeunes adolescents est révélatrice de leur solidarité et de leur souhait de vivre en paix. Les rapports entre Sarah et Miss Lunatic sont tissés d’amour.

El encuentro de Sara Allen y Miss Lunatic

***

Era el martes. Sara estaba caminando en su sitio preferido en Nueva York, Central Park. Se divertía observando a las ardillas y jugando al baloncesto en las canchas situadas en el extremo del parque. Tras haber corrido, gritado, saltado, se acostó bajo la sombra salvadora de los árboles. Medio dormida, estaba contemplando el cielo cuando oyó  pisadas y divisó una silueta familiar. De pronto la gente se dio la vuelta para vislumbrar una mujer muy vieja, vestida de harapos y cubierta con un sombrero de grandes alas que le tapaba casi enteramente el rostro. Con paso sigiloso, se lanzó en dirección de Sara, en modo alguno sorprendida. Cuando la famosa miss Lunatic se inclinó frente a Sara, se podía ver una cara iluminada por una gran sonrisa destinada a la única persona que le había demostrado un poquito de atención y compasión.

Era una noche fría de diciembre, la maga estaba cantando himnos heroicos, caminaba aprisa con su bastón con puño dorado que representaba un águila bicéfala; y se encontró cara a cara con lo que sería su mejora amiga dos horas después.

La pequeñita Sara, viendo a esta mujer muy especial, le preguntó con una voz tierna: «señora, señora, ¿necesita ayuda?».

Miss Lunatic  dejó de silbar y puso ojos desorbitados: era la primera vez que una persona no la miraba con inquietud y miedo. Viendo que la niña esperaba una respuesta, miss Lunatic, le dijo:

«¿No tienes miedo de mí?».

A partir de aquel momento, empezó una discusión en la que las chicas hablaban de todo los temas imaginables e inimaginables,  el tiempo tanto como  la composición del bastón de  miss Lunatic. Era una pareja increíble: la juventud y la vejez, la inconciencia y la madurez…

La gente se quedaba boquiabierta ante dicha aparición digna de una obra de Tolkien. Tras haber cruzado los escaparates de la Quinta Avenida y después de cuatro horas de descubrimiento de la ciudad que nunca duerme, Sara tuvo que irse pero prometiendo que, a partir de hoy, cada día empezando con una «m», tendrían que verse en el sitio preferido de Sara: Central Park.

Así, cuando la maga estuvo ante su amiga, en Central Park, bajo la sombra de los árboles, Sara no pudo reprimir un grito de alegría: se auguraba un buen día.

Louis ARRAU

    ***

Una tarde, en Central Park, paseaban, como cada día, miles de personas, tanto turistas como ciudadanos, el tiempo era perfecto para salir a dar un paseo. Entre toda esta gente se podía distinguir (aunque difícilmente) a Sara, una chica de unos quince años que vive con su madre y que había decidido andar un poco por la ciudad en aquella tarde tan suave. Primero, anduvo un poco para llegar hasta el metro, después, lo cogió pero no sabía dónde pararse, y se le ocurrió ir a Central Park para disfrutar del único espacio verde de Manhattan, de las actividades que ofrece este parque y de esta tarde. Al cabo de unas horas, Sara, que se había divertido mucho, pensó que ya era hora de irse, así que dio un último paseo, el más largo posible para tardar más. Pero a los cinco minutos sus ojos se fijaron en una escena que parecía ser un robo o una agresión. Un hombre estaba amenazando a una mujer bastante mayor y le estaba robando el bolso. Pero de repente, llegó otra mujer, casi corriendo, lo cual era bastante alucinante porque también parecía ser una mujer un poco vieja. Sara reconoció a esta persona de inmediato, por su ropa, su sombrero, su pelo blanco y largo, su cochecito de niño y su bastón, era la señora con la que se había encontrado un día en el metro, y con la cual había hablado; Sara se acordó de esa conversación, le había preguntado por su cochecito de niño porque le parecía raro que no tuviera un niño pero sí un cochecito, también hablaron sobre su sombrero porque le gustaba mucho,… desde entonces, eran unas amigas especiales, ya que la una era joven y moderna y la otra era vieja y chapada a la antigua.

Miss Lunatic se ocupó primero de la mujer que sufría del hombro, seguramente porque el ladrón le arrancó su bolso con fuerza. Sara, que se había acercado, intentaba ayudar bajo las órdenes de su amiga Miss Lunatic. Primero le dio unas pastillas para aliviar su dolor y después le pidió a Sara que le hablara de otras cosas para que se olvidara de su dolor. Y por último, Miss Lunatic se levantó y fue a ver al ladrón que todavía estaba a unas metros de Sara, buscando algo de valor en el bolso de su víctima. Le habló bastante tiempo, y utilizó unas palabras tan convincentes que logró que el ladrón  se fuera dejándole a la señora sus cosas, con esas palabras había conseguido hacer que el lado bueno, la buena persona que estaba en el hombre superara su lado malo, el que empuja a la gente a hacer cosas malas, a cometer crímenes.

Victor BLANCO

***

 Solían verse casi todos los días. Sara solía pasear por Central Park, andando entre los árboles que escondían los rascacielos y le hacían creer a veces que estaba en un bosque en medio del campo, o sentarse en la hierba, contemplando a la gente que pasaba delante de ella sin verla, demasiado ocupados en sus asuntos. Y en un momento dado, entre esas miles de miradas, sus ojos encontraban en su camino otros ojos, los ojos negros y envejecidos de esa anciana. Sara le hacía una seña con la cabeza, la mujer le sonreía discretamente y se sentaban juntas, siempre en el mismo banco gris y desconchado desde el cual se veía el lago. No hablaban, solo observaban todo lo que ocurría en ese parque.

Hacía más o menos un año que se veían así, en silencio, y sin embargo a Sara le daba la extraña impresión de que conocía a esa anciana mejor que a sus padres. Se comprendían perfectamente sin decir ni una palabra, con ella Sara se sentía mejor que con cualquier otra persona. Puede que porque a las dos les gustaba más observar el mundo que hablar de él. Y cuando llegaba el momento de despedirse, Miss Lunatic, que se levantaba siempre la primera, le cogía la mano a Sara y le daba un trozo de papel, pequeño como una uña, en el que que simplemente había una letra. A veces estaba recortada de una revista o de un periódico cualquiera, otras veces estaba escrita a mano. Sara guardaba cada una de esas letras en una cajita de su habitación. No comprendía muy bien el significado de esos papeles. De hecho, lo entendió mucho más tarde, cuando todo cambió.

                                                                                                    Irène CAMPILLO-PINAZO

***

Sara Allen y su madre salieron del metro en el gran bosque de espinacas llamado Central Park. La señora Allen regañaba a su hija:

«… y sabes, hija mía, yo conozco a esos hombres: son unos charlatanes muy peligrosos, que quieren engañar a jóvenes ingenuos como tú, y…¿Sara? ¿Me estás escuchando, Sara?».

La chica masculló un vago «mmmm… sí», y siguió estando de morros, metida la cabeza en el cuello y con las manos en los bolsillos, mientras su madre continuaba su monólogo. A Sara le aburría lo que decía la señora Allen sobre «los locos del metro» que iban a corromper a su preciosa, amada y crédula hija. Dicha chica, en cuanto a ella, pensaba que esos hombres decían cosas profundas y fascinantes, mucho más interesantes que las que su madre pronunciaba.

Empezaba a anochecer. Sara sabía que para ir a su casa, había que cruzar Central Park, que se hacía cada vez más peligroso con la llegada de la noche. Notó que su madre se apresuraba, temiendo algún ladrón o asesino. Pero Sara no tenía ganas de volver a casa. Le gustaban el frescor del parque, el aire más puro que contrastaba con el de la ciudad, completamente contaminado.

De repente, divisó, detrás de los árboles, en medio del parque, una misteriosa silueta. Se veía que tenía una nariz larga y puntiaguda, un pelo largo y ondulado que le colgaba por la espalda, y un sombrero de alas muy grandes que le hacían parecerse a una seta gigante. Arrastraba un cochecito de niños; Sara reconoció a la legendaria Miss Lunatic. Siempre había querido verla… La vieja se acercaba a ellas, incomodando a la señora Allen. Su hija, fascinada, empezó a imaginar la vida de la mítica Miss Lunatic, como solía hacer cada vez que notaba la presencia de una persona desconocida e interesante.

Imaginaba…imaginaba a una chica muy fea, con una nariz larga y puntiaguda. Esa desgraciada había nacido en una familia muy pobre. Se había quedado huérfana muy temprano y, para poder dar de comer a sus numerosos hermanos y hermanas, se puso a buscar muebles, ropa y trastos diversos en buen estado en las basuras para poder venderlos. Desde aquel momento seguía teniendo esta extraña costumbre y … «¡No, no, no, qué historia más cliché!», pensó Sara.

Intentaba imaginar otra historia, otro pasado para Miss Lunatic, cuando la vieja se le acercó, haciendo estremecerse a la señora Allen. Sara dio un paso atrás, un poco atemorizada. Miss Lunatic se acercaba con su cara de bruja, y quizás sus poderes mágicos de bruja. La chica reflexionaba, pensaba en lo que podía haber hecho para ofender a la terrible vieja, a la que le daba tanto gusto ver unos minutos antes.

Sin embargo, Miss Lunatic empezó a hablar amablemente:

«Hija, mi historia no fue nada como la que acabas de imaginar, dijo, como si hubiera leído en los pensamientos de Sara. Yo era como tú: joven, guapa e ingenua. Mi familia no era ni rica ni pobre, solo eran pequeños comerciantes; sin embargo éramos felices. Un día, un hombre vino a la tienda de mis padres y me dijo que era muy linda, que no tenía que quedarme en este almacén asqueroso, que un gran futuro me esperaba en otra parte. Mis padres intentaron convencerme de que me quedara, pero yo creía que no llevaban razón, que eran viejos y estúpidos, y me fui con el hombre. Pero, él me abandonó. Tuve que trabajar, porque me había dejado sin nada: vendí diversas cosas, trabajé en varios sitios. Viví con unos galanes ricos. Pero la hermosura no es eterna. Un día, me quedé sin nada, y sin nadie. Me abandonaron mis hijos, mis preciosos hijos –acarició el cochecito de niño que debió de utilizar en el pasado– y ahora, tengo que buscar trastos en buen estado para poder comer. Me paso el tiempo yendo de un sitio a otro, unos sitios raros, en los que siento que va a ocurrir algo macabro. A veces, ni siquiera entiendo lo que hago: esta vida que yo misma eché a perder me ha vuelto completamente loca, dijo Miss Lunatic en un segundo de lucidez. Todo es culpa mía, por haber sido tan estúpida, y de este hombre, tan hermoso, que me hizo perder la cabeza con sus halagos, y que arrebató a mis padres su única hija… Así que, pequeña Sara, –dicha chica se asombró de que la vieja conociera su nombre– pequeña Sara, tus padres no siempre andan equivocados. Tu madre tiene razón cuando te aconseja que no escuches al primero que viene. Solo quiere que que seas feliz. No acabes como yo, Sara».

E iba arrastrando el cochecito de niño vacío, Miss Lunatic se alejó rápidamente y desapareció en la noche oscura.

Sara, todavía asustada, corrió hacia su madre y le cogió el brazo.

«Vamos a casa, ¿vale Sara?».

La chica asintió y ambas se dirigieron hacia su casa. Sara se había dado cuenta de muchas cosas gracias al relato de Miss Lunatic. Había entendido que su madre tenía buenas intenciones, que solo quería protegerla. Agradecía mucho a la vieja, por hacerle ésta comprender que sus padres eran mucho más importantes de lo que creía. Y murmuró unas palabras que no hubieran salido de su boca unas horas antes:

«Te quiero mucho, mamá».

Madeleine CAZALBOU

   ***

 Era el atardecer, una silueta de una mujer muy vieja se adelantaba entre las sombras de los sequoias tojos e inmensos de Central Park. Estaba sola, sentada en un banco, uno de esos viejos bancos verdes y negros que encontramos en todas partes de Central Park. La luz empezaba a atenuarse y el cielo arrebolado se teñía con diferentes matices, así que a esta hora de la tarde los árboles tomaban colores anaranjados. La brisa ligera del otoño provocaba una dulce música entre las hojas enrojecidas por el otoño. En lo alto de los árboles, entre los ramales, los pájaros se unían a la brisa con sus gorjeos y sus trinos hechizadores. De vez en cuando, el martillear de un pájaro carpintero venía a romper esta música para devolvernos a la realidad como una campanilla que suena para volver a clase.

Las luces del atardecer se reflejaban y centelleaban en las aguas azul-verde del lago que se extendía ante mis ojos. Yo daba de comer a un majestuoso cisne blanco, que estaba en la orilla. Desde este sitio, podía contemplar toda la belleza de este parque, que siempre me había encantado: el lago, el bosque, los pájaros, el silencio…

–¡Hola, Miss Lunatic! ¿Qué tal hoy?

–¡Hola Sara!, mi cielo.

Lentamente, se acercaba a mí arrastrando su cochecito vetusto. Se sentó a mi lado:

–Sí, estoy bien, este día ha sido maravilloso. Hoy hemos tenido un tiempo fenomenal.

Como todos los días desde hace dos años, venía aquí para charlar con Miss Lunatic. Hacía dos años, yo vivía en un piso muy antiguo. Un día, al salir del edificio, encontré a una ancianita que merodeaba, me pidió una limosna. Me di cuenta de que había olvidado mi monedero en casa y cuando iba a buscarlo, la vieja me lo impidió:

«–¡Apártate! que dentro de pocos minutos este edificio va a derrumbarse.»

Me cogió del brazo, cruzamos la calle y de repente, fue como un terremoto. El edificio empezó a agrietarse y en apenas dos segundos había desaparecido: esta viejecita me había salvado la vida y ahora estaba eternamente en deuda con ella. Desde entonces, me prometí ayudarle y cada día al atardecer iba a su encuentro, en Central Park, para tomar noticias suyas y ayudarla en cuanto pudiera. Rápidamente, nació una amistad entre nosotras.

El martillar del pájaro carpintero me sobresaltó y pregunté:

–¿Has encontrado muchos tesoros hoy?

–Sí, hoy he encontrado en la basura « una perla »: una pequeña caja de música con una bailarina que da vueltas.

–Pues has tenido suerte y yo te he traído una tortilla para que comas.

–Muchas gracias, ¡qué buena eres, mi cielo!

Y allí nos quedamos  tranquilas mirando el lago y los cisnes. Ese encuentro era como si se parase el tiempo en esa ciudad de tumulto e indiferencia.

Philippe CONESA

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Sara salía del metro y se dirigía del lado del parque. Estaba imaginándose la vida de un hombre que andaba delante de ella y se preguntaba si su gato era rubio o pelirrojo, cuando escuchó una voz. Una voz muy linda, suave y cariñosa que la cubrió con una capa de melodías de antaño. La voz tenía un sabor desaparecido que se volvía a los oídos de la niña. Giró la cabeza. Por la izquierda. Por la derecha. La voz había desaparecido. Un segundo después se oyó detrás de ella. Parecía correr alrededor de sus oídos. Bailando en el aire fresco de noviembre. Sara dio la vuelta. No quería perderla otra vez. Se encontró cara a cara con una abuela. Esta le sonrió con sus ojos como lo hacen muy bien las personas mayores y abrió la boca. La voz surgió de esa boquita con una fuerza tan grande que dejó a Sara boquiabierta. Los ojos grises de la que apodaban “miss Lunatic” se iluminaron. Sara no sabía que su amiga cantaba tan bien.

Marie DESTARAC

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 Los faroles asustados de Central Park se encendieron de repente, alumbrando bancos abandonados y árboles desnudos. Pues durante estos crepúsculos de octubre, la mayoría de los turistas y neoyorquinos huían del lugar. Noches sin luna les daban miedo, y preferían de lejos los letreros luminosos del centro o los altos edificios, que les parecían mucho más acogedores dado el viento que corría por las calles. De hecho, nadie se aventuraba por Central Park, o al menos casi nadie.

Estaban los habitantes del lugar, como las ardillas y los animales del zoo. Por otra parte, algunos asiduos no se dejaban intimidar por la fría oscuridad, como la joven Sara, cuyos paseos nocturnos excitaban todavía más, dada la ausencia de perturbadores. Como siempre, con los auriculares a tope y sus estropeadas zapatillas rojas, caminaba tranquilamente. Llevaba una bufanda que la tapaba hasta la nariz y guantes carmesíes. Además, sabía que este ambiente, parecido al de un cuento, atraía a una vieja bruja amiga suya. La buscaba con la mirada, atenta a los extraños ruidos de la noche, cuando por fin, le llegó el sonido de las ruedas anticuadas de un cochecito. Entonces se dio la vuelta, y vio de lejos la silueta tan peculiar de miss Lunatic, con su cabellera más blanca que la nieve. La gitana, que también la había visto, pareció apresurarse todavía más rápidamente que de costumbre, entonando un himno heroico del cual sólo ella tenía el secreto:

–Buenas jovencilla, mira, te diré una cosa que me ha pasado: habrá algo malo cerca del Bronx sabes, entonces le he dicho al poli que habría un accidente, ¿sabes?, pero no me cree…  Ya verá… Encima quería que me quedara con él, como si yo no tuviera nada que hacer, ¿sabes?… El listo no me cree y tendría que quedarme yo con él, ¡por Dios!… Para llamar, dijo, para ayudaros, siguió… Pues no le seguí el rollo sabes, y me vine hasta aquí con el coche del niño…

A Sara le brillaban los ojos, la mujer la miraba completamente perdida, haciendo aspavientos exagerados y hablando muy deprisa. Miss Lunatic tenía mala reputación en el barrio, incluso en la ciudad. Pasaba por una loca que leía el porvenir en las manos de los borrachos y que ofrecía remedios en bolsas de la basura. Pero para Sara, la anciana era una maga que con su bastón, lo sabía todo, porque lo había visto todo.  Hacía ya unas semanas que la conocía, más o menos desde el principio del otoño. Sin embargo, cada encuentro con la anciana era diferente. Como si fuera la primera vez que se hablaran.

«… E intentó robarme el cochecito, sí, te lo juro… Eché a correr por la quinta avenida, ¿sabes?, la del contenedor donde encontré muelles me parece… ¡Ay! Qué maleducada soy, me llamo Soledad, pero llámame Sole… ¿Cómo te llamas? Por cierto, hoy habrá algo malo cerca del Bronx, ¿sabes?…».

Lo cierto, es que Sole, si para unos era loca y para otros libre, permanecía una mujer de avanzada edad que vivía en la calle, sufriendo de alzheimer.

Lo inexplicable, es que aunque Miss Lunatic estuviera enferma, los bomberos tuvieron que apagar un incendio sobre las once de esta misma noche, cerca del Bronx…

Paloma DÍAZ

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Como todos los martes, Sara esperaba a las cuatro de la tarde, a su amiga Miss Lunatic, cerca de la salida de metro de Central Park entre los árboles y los gigantescos anuncios. La anciana mujer llegó diez minutos después, arrastrando su cochecito de niño. Como de costumbre llevaba su gran sombrero y ese día había traído su pelo blanco en una larga trenza que le llegaba a la cintura. No se ha podía confundir con otra.

Como cada vez que se veían las compañeras empezaban para Sara como estar en el metro. Se sentaban en un banco de madera y observaba, a la gente imaginándole una vida. Ese día pasó un deportista sudando, una madre con cinco hijos y una vieja mujer que Miss Lunatic conocía como una amiga de la calle. Hacia las diez de las noche, cuando las luces de los rascacielos empezaron a encenderse, una basura cerca de las mujeres se encendió pero con pequeñas llamas. Sara, sintiendo un extraño olor, corrió a pedir ayuda, gritando en el parque. Se dio la vuelta, para advertir a Miss Lunatic el peligro inminente, pero el banco de madera estaba vacío. Miss Lunatic había desaparecido. Sara se quedó paralizada, estupefacta.

Camille FONT

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En esta tarde soleada, yo, Sara, estoy paseando por los caminos de Central Park. Mis pensamientos siempre vuelven a la pérdida de mi anillo preferido.

Perdí el anillo la última vez que caminaba por Central Park con una amiga. Estar en este parque me hace bien y me siento mejor. Afortunadamente, a las cinco menos cuarto, voy a ver a esta amiga. la gente la llama « Miss Lunatic » pero para mí, es simplemente Luna. Tenemos una cita cerca del lago artificial, entonces me senté en un banco delante del lago y empiezo a leer. Me despierto cuando vibra mi móvil y necesito un tiempo para darme cuenta de que me había dormido. Luna está llamándome y me dice que no me encuentra. Me levanto, la veo de espaldas y le doy alcance.

Empezamos a hablar y caminar y enseguida me siento muy alegre. Hablamos de todo y de nada a pesar de nuestra diferencia de edad. Hablamos de nuestro encuentro en el metro que fue divertido y de nuestro último paseo. Cuando hablamos de eso, recuerdo inmediatamente mi anillo perdido. Luna ve que no estoy bien y me pregunta qué me pasó. Le explico la situación y luna me propone su ayuda, toma mi mano y la mira. Enseguida, el cielo se nubla y me estremezco.

Yo, Miss Lunatic, estoy en Central Park con mi amiga, Sara. Ella me ha confiado su problema, me concentro en su mano y en el anillo y entonces veo una estatua, una fuente y un árbol en mis pensamientos. Le digo a sara lo que he visto y ella está segura de que en Central Park hay un lugar con una estatua, una fuente y un árbol. Empezamos a buscar este lugar y después de treinta minutos lo encontramos. Busco cerca de la fuente y Sara detrás de la estatua. Cuando miro dentro del agua veo el anillo y lo recupero. Es un anillo muy bonito y muy antiguo. Se lo doy a Sara y ella se precipita a los brazos, veo su alegría en los ojos. Sara me agradece mucho y la mimo. El anillo tiene algo mágico y misterioso, además cuando Sara se lo pone en el dedo, la veo como yo. Ella se parece a mí y lo veo claro. Esa chica, a la que encuentro en el metro, es mágica y especial. Andamos un poco más pero está anocheciendo y decidimos separarnos. Cuando ella me deja, estoy segura de que Sara tiene un don como yo y que este anillo la ayuda a encontrar la fuerza para ser maga. Somos amigas; ¡seguramente para toda la vida!

Guénola FREY

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Andando y silbando por Central Park por la mañana, Sara se topó con miss Lunatic, su amiga sin techo. Llevaba como siempre su sombrero de grandes alas y arrastraba su cochecito de niño, donde Sara vio una flauta un poco estropeada… La interpeló:

–¡Hola miss Lunatic! ¿Qué tal? ¿Qué tienes en tu cochecito esta vez?

–¡Hola, Sara! Me da gusto verte; acabo de comer. Hoy, es una flauta que encontré en la basura…Probablemente era una herencia pero ya nadie sabía transformar su ruido en música.

Sara exclamó:

–Y tú, ¿sabes tocar la flauta?

–Un poco, ¿quieres que te lo muestre?

–¡Sí! ¡Claro!

Y miss Lunatic se puso a tocar la flauta… Una suave melodía salió del instrumento, una melodía repetitiva muy bonita pero también extraña… Y como si fuese un sortilegio, Sara se sintió de repente muy bien, como si estuviera sobre una nube…la melodía la mecía como a un bebé… Nunca música alguna le había hecho sentir esa sensación de plenitud, de dulce alegría… Cuando miss Lunatic dejó de tocar la flauta, Sara tuvo la impresión de despertarse después de un sueño genial, y felicitó a su amiga solitaria por haber tocado tan bien la flauta. Miss Lunatic, con una sonrisa un poco extraña, maliciosa, le dijo a Sara que tenía que dejarla para ir a Harlem. Se despidieron, y Sara decidió seguir su paseo por Central Park, y unos metros más lejos, se dio la vuelta; miss Lunatic había desaparecido.

Emma-Louise HURTIN

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Sara salió del supermercado donde había comprado unos helados. ¡Qu2 calor hacía en julio! Al ver a su amiga la maga que cantaba una canción antigua, la cual solía cantar cuando estaba feliz, Sara volvió a estar muy alegre. Corrió hasta Miss Lunatic y le ofreció un helado de chocolate.

Se conocían desde hacía mucho tiempo y solían verse los miércoles después de las clases de Sara. Pero era lunes. ¿Qué pasaba? Quizás Miss Lunatic sólo pasase por ahí al mismo tiempo que Sara. Quizás no tuviese nada que decirle a la chica. Pero nunca existía un « quizás » con Miss Lunatic. Si estaba ahí era porque tenía que decirle algo a Sara. Todas estas preguntas se resumieron en una cuando Sara abrió la boca:

«¿Pero qué haces aquí?» dijo la chica a la que no le gustaba el metro. Miss Lunatic abrió la boca para responderle algo pero ningún ruido salió de su boca. Porque se había caído al suelo. Sara gritó con todas sus fuerzas.

«¡Que llamen al hospital!»

Elsa INGRAND

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Como lo sabéis, Central Park es un parque grande por donde me resulta muy excitante caminar de noche. Me estaba escondiendo entre los árboles para escapar de los ladrones y asesinos. Y como las luces de los anuncios de los rascacielos empezaron de repente a encenderse, salí de mi escondite, de detrás de los árboles  y empecé a correr, manteniendo mi mirada hacia el cielo, admirando el espectáculo. Sin darme cuenta, crucé un camino del parque a toda velocidad, y como mi mirada estaba centrada en lo alto de los rascacielos, no miré si alguien venía y me tropecé con un cochecito que surgió a mi lado. Me caí de bruces. Alguien me ayudó a levantarme y fue cuando me di cuenta de que esta persona, la que arrastraba el cochecito contra el cual me había chocado, era la famosa y misteriosa Miss Lunatic.

–Estás bien? -me preguntó la señora.

–Sí, gracias -le respondí tímidamente, avergonzada de lo que había ocurrido.

–¿Cómo te llamas?

–Sara.

–¡Pero eres muy joven! -dijo la señora observándome. ¿Qué haces aquí tan tarde?

–Me gusta pasear por este parque de noche para ver brillar las luces de los rascacielos. ¿Y usted, cómo es que anda tan rápido a su edad? -Y nos echamos a reír.

Esto fue nuestra primera entrevista. Desde entonces, nos damos cita todas las tardes en el parque. Andamos un poco juntas, pero como va tan rápido, estoy obligada a correr a su lado. Entonces me canso y acabamos sentadas en un banco. Suele enseñarme los objetos que ha encontrado en las basuras y, aveces, me canta una de esas canciones peculiares, himnos antiguos y heroicos.

Miss Lunatic tiene un carácter especial y es una persona fuera de lo común. Y por esta razón nos hemos hecho amigas, nos llevamos bien.

La gente piensa que esta señora es una bruja malvada: es muy vieja, se viste de manera extraña, con harapos y sabe leer el porvenir en la palma de las manos. Pero en realidad, es alguien muy amable y muy cariñosa. No tiene ningún familiar y al cabo de un rato, me parece que se comporta como si ella fuera mi madre y yo su hija.

Nathan LE-FLOHIC

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Sara iba caminando por Central Park disfrutando de la naturaleza, de un olor diferente al de la ciudad. Cuando oscurecía y empezaban a encenderse los letreros luminosos en lo alto de los edificios llegó una mujer muy vieja, vestida de harapos y cubierta con un sombrero de grandes alas que le tapaba casi enteramente la cara. Tenía mucho pelo, abundamente y blanco como la nieve que le colgaba por la espalda. Arrastraba un cochecito de niño vacío, de modelo antiguo. Sara al ver a la mujer tuvo miedo de que fuera una vagabunda y se escondió detrás de un árbol.

Pero la mujer la vio y se acercó hasta que Sara salió y dijo:

–Por favor no me haga daño.

Ella contestó:

–¿Por qué te haría daño, jovencita?¿Comó te llamas?

–Me llamo Sara ¿y usted?

–Por aquí me llaman Miss Lunatic.

Sara y Miss lunatic hablaron tanto que al terminar amanecía.

Daniel LENIQUE

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Sara estaba paseando por Central park con una única compañía, su soledad. Le encantaba este lugar con sus grandes árboles y la calma que la relajaba. Sara se sentó en un banco para pensar; no había visto a la mujer que se encontraba en el banco de al lado: estaba vestida de harapos, llevaba un sombrero que escondía su largo pelo blanco recogido en una trenza muy larga. Esta anciana le intrigaba a Sara, entonces empezó a hablarle y en muy poco tiempo se volvieron amigas.

Ya hacía un mes entero que Sara y Miss Lunatic se veían casi cada día en Central park para hablar juntas, eran ya muy amigas. Un día como solían hacerlo, ambas se encontraron en su lugar pero Sara veía que algo le pasaba a su amiga, se lo preguntó pero Miss Lunatic le dijo que todo estaba bien, entonces Sara le creyó…

Una hora después Miss Lunatic se desmayó, Sara en su tamaño de diez años no sabía qué hacer, no tenía móvil, entonces se puso a gritar con toda su voz para que la gente fuera a ayudarla. Finalmente  un hombre llegó para socorrer a Miss Lunatic pero al verla vieja, mal vestida, etc. no quiso ayudarla, no quería hacer nada por la clase social de la pobre mujer. Sara, aunque era joven entendió que iba a tener que ocuparse de su amiga, sola.

Corrió por la calle para buscar un móvil, una mujer que pasaba se conmovió al ver a Sara que estaba llorando. Esta le contó lo que pasaba; entonces le prestó su móvil.

Sara llamó a una ambulancia y le salvaron la vida a Miss Lunatic.

 María MIROBOLANT

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Miss Lunatic y Sara son amigas. Se encontraron por primera vez en una calle de Nueva York y habían hablado de todo, de sus vidas. Cada vez que se encontraban, hablaban durante horas hasta que Sara debía irse para no tener problemas con su madre con quien a menudo discuten.

Pero un día fue un poco diferente. Miss Lunatic tenía el presentimiento de que Sara estaba en Central Park y que tenía un problema. Cuando vio a Sara, sintió que tenía razón, estaba en un banco llorando con la ropa sucia. Cuando Miss Lunatic se sentó cerca de ella, Sara se lo contó todo, los problemas con su madre, las peleas, su tristeza y el hecho de que no quería volver a casa. Y, Miss Lunatic pasó su día estando con Sara haciéndola reír y reconfortándola.

Cuando llegó la noche, Sara se sentía mejor y volvió a casa.

Marguerite PIGNARD

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Estaba sentada en un banco de Central Park admirando la naturaleza y esperando a su amiga Sara. Esta era una niña agradable, siempre estaba sonriendo o riendo. Esta chica era la única que no la consideraba como una loca: ¿ella, miss Lunatic, la vieja bruja de Nueva York? Algo sorprendida, se había convertido en su amiga y debían encontrarse en este banco de Central Park. ¡Tenía tanta prisa de que Sara viniera! Tenía tanta prisa para contárselo todo: sus días, sus noches, los paseos por las calles de Manhattan buscando algún mueble o solo un poco de acción. Por último, vio que llegaba Sara. Caminaba tranquila, escuchando música. Parecía que se balanceaba al sonido de esta música que solo ella podía oír.

Cuando Sara vio a miss Lunatic, sonrió e hizo una señal con la mano. Esta demostración de afecto puso de buen humor a la anciana.

Pasaron la hora hablando y paseando por Central Park. Sara habló de su experiencia en el metro de Nueva York mientras miss Lunatic leía el porvenir de Sara en la palma de la mano. Fue un momento muy agradable, pero Sara tuvo que irse. Las dos mujeres se prometieron verse de nuevo.

Marthe RECHSTEINER

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Sara estaba paseándose por Central Park, caminando por los caminos estrechos que rodeaban el lago. Estaba anocheciendo, y los últimos rayos del sol reflejaban un color naranja, como si el lago estuviera encendido. Sara estaba observando este espectáculo, perdida en sus pensamientos cuando de repente, una mano se puso en su hombro.

–¡Hola chiquita!

Miss Lunatic, con su cochecito de siempre, estaba sonriéndole a Sara. Le dijo que estaba buscando algún cachivache, y Sara decidió ayudarla un momentito. Andaban desde hace una hora, y Sara empezaba a estar cansada, cuando encontraron un cartón de donde salía un grito quejumbroso. ¡Un maullido! Parecía estar muy enfermo. Gracias a los ungüentos de miss Lunatic.

Finalmente, las dos amigas se separaron y Sara llevó al gatito a su casa.

Louana SOIDET

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Quería dar un paseo por Central Park y así cenar bajo el cielo estrellado  cuando me sentí suficientemente camuflada por los árboles me puse los auriculares y empecé a sacar mi sándwich de la bolsa de plástico en la que lo había guardado, pensaba en lo minúscula que era en comparación a los grandes y majestuosos edificios que me rodeaban mientras le pegaba pequeños mordiscos a mi gran sándwich  antes de que el hambre me devorara.

Noté una mano caliente sobre mi mejilla fría y arrancándome el auricular, de repente me giré y vi un carrito grande de bebé vacío y una mujer vestida con harapos de todos los colores, inmediatamente grité:

–Miss Lunatic ¿Qué haces por aquí? Te busqué durante mucho tiempo te he echado de menos –le susurré mientras la rodeaba con mis brazos.

Con una sonrisa tranquila en los labios me respondió con una voz suave como una canción de cuna.

–Sara odio que me llames así, llámame Alejandrina,no me apodes como los demás, tú no eres como ellos.

Dicho esto se sentó a mi lado y apoyó contra el banco de madera gris su bastón de águila. Me contó que no había encontrado nada en la basura y que no había podido comer, partí mi sándwich y se lo ofrecí, ella se negó con un leve movimiento de cabeza pero yo le dije:

–Tú me diste la mano cuando más lo necesitaba, deja que te la dé yo a ti esta vez.

Cogió el sándwich y se lo comía despacio pero con desesperación:

–Deberías vender ese carro– solté sin pensar –te darían mucho dinero, es antiguo y así podrás darte una buena vida.

Me miró y me dijo con calma:

–En la vida no todo es dinero Sara, he tenido los mejores manjares, los mejores vestidos, de todos los colores y telas y he dormido en camas de plumas, ahora eso ya no lo necesito.

Me miró y al ver mi mirada se levantó y simplemente susurró que era tarde, que se tenía que ir y murmuró entre dientes que había hablado demasiado. Le tendí mi parte de bocadillo y balbuceé:

–Quédatelo, se me ha quitado el hambre.

Lo cogió me dio las gracias y me gritó mientras se iba paseando:

–Mañana coge el coche, el metro se parará más de 30 minutos y tu jefe, si llegas tarde a la oficina, ¡te despedirá!

Quise preguntarle cómo sabía que trabajaba como secretaria pero ya había desaparecido como por arte de magia.

Laura TORRES CÁRDENAS

FIN

Caperucita en Manhattan_UNO

Incipit de Caperucita en Manhattan

Les élèves après avoir fait la compréhension écrite de l’incipit de Caperucita Roja en Manhattan  avaient un devoir à rendre sur feuille. Après correction par le professeur, ils se sont rendus en salle d’informatique et ont tapé le fruit de leur travail, ce qui a permis l’apprentissage du clavier espagnol.

Le texte source d’inspiration est pris d’un roman de Carmen Martín Gaite, Caperucita en Manhattan publié en 1991.

L’inventio de ces jeunes hispanistes est à votre disposition. Bonne lecture.

CENTRAL PARK

Imagina una historia en Central Park. Puedes continuar con Sarah Allen o añadir otro(s) personaje(s).

***

Elsa, una estudiante, salió de su universidad y tomó el camino para ir a su apartamento. Cuando llegó a Central Park, era el atardecer. Anduvo por los caminos entre los árboles de Central Park y cuando estuvo cansada, se sentó en un banco para hacer sus deberes. Eran las seis y media; volvió, andando por los caminos de Central Park.

De repente, un ladrón le robó el bolso y corrió deprisa. Un joven, que estaba en un banco, la persiguió y le volvió a coger el bolso. El joven le devolvió el bolso a Elsa, quien le agradeció calurosamente. La chica le preguntó su nombre y su nuevo amigo le respondió « Alex ».

Guénola FREY

***

En Central Park, muchas cosas pueden cumplirse…

Durante una fría noche de diciembre una pareja caminaba entre los árboles de Central Park. Los novios hablaban del futuro, del presente y del pasado cuando un hombre llegó por detrás de un árbol, robó el bolso de ella y se fue corriendo.

Los dos enamorados comprendieron lo que pasó unos segundos después y el hombre siguió al ladrón.

Minutos después recorrió el camino de revés cansado y triste, sin el bolso de su novia. Los dos se sentaron en un banco cuando un hombre –un policía– llegó con el bolso y el documento de identidad de la señora, explicando que había detenido al ladrón.

Marguerite PIGNARD

***

Este espectáculo a Sara Allen le gustaba mucho.

Cuando sus padres se habían acostado, solía escaparse de su casa y pasear por Central Park. No temía a nadie: ni a los ladrones ni a los asesinos.

Antes de salir a pasear, se ponía unas zapatillas y por encima de su pijama, se cubría con un largo abrigo rojo que le rozaba las rodillas y se tapaba la cabeza con la capucha, de manera que no se le viera la cara. Nadie podía saber  quién se escondía bajo dicho disfraz.

De vez en cuando, los hombres y las mujeres que cruzaban el parque en taxi percibían entre los árboles a este singular personaje vestido de rojo, como sacado de un cuento maravilloso. De modo que, al cabo de unas noches, de tanto ver a esta jovencita que corría por el parque, la gente empezó a llamarla la Caperucita de Manhattan.

Nathan LE FLOHIC

***

De día, los turistas concurren en el parque, particularmente cerca del Belvedere Castle. Ahí está un vendedor de perritos calientes, exquisitos y baratos. John Doe, como lo llamaremos para preservar su anonimato, es un hombre simpático y amable con sus clientes, sobre todo los turistas, aficionado a hacerles bromas.¿Quién sospecharía que de noche, este buen hombre recorre Central Park, escondiéndose en la sombra, acercándose lenta y silenciosamente a sus débiles víctimas, con una cuerda y guantes de cuero?

Por la mañana, los policías, después de investigar en la escena de los crímenes, se van a tomar un perrito y a charlar con John Doe, sin jamás sospechar que están delante del serial killer.

El 10 de julio de 1997, mientras estaba acercándose a una pobre vieja sin defensas, ésta, más peligrosa de lo que parecía, le hizo una llave de kárate digna de los Juegos Olímpicos. El asesino se desplomó, muerto. Ignoraba que había atacado a Super Granny, muy conocida en Manhattan por ahuyentar a los malvados criminales.

Los policías identificaron al asesino-víctima. Jamás hubieran pensado que comían con él cada día.

Moraleja: los vendedores de perritos calientes pueden ser peligrosos… Las abuelitas también.

Madeleine CAZALBOU

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Podemos decir que en Manhattan hay dos mundos paralelos. Por la noche las luces de los edificios y los coches iluminan las avenidas y hacen vivir la ciudad. Ana pasea por las calles con su novio y mira los anuncios que deslumbran la ciudad entera. Cogidos de la mano, están mirando los rascacielos que parecen apuñalar el cielo. A través de los cristales de un pequeño y encantador restaurante, ven parejas que están cenando, alumbrados por la luz tamizada de las velas. A su derecha, un grupo de jóvenes están sacando fotos con una mascota. Por la noche, Ana cree que Manhattan es una ciudad muy animada, agradable y romántica.

Un mundo paralelo aparece cuando la noche se va y que el día se levanta. A primera hora de la mañana, Ana va al trabajo y deja que la empuje la gente que coge el metro. Todo el mundo está apresurado con un maletín en una mano y el teléfono en otra. Ana espera su turno en los quioscos. Como la mayoría de los habitantes de Manhattan, está muy estresada por el trabajo. Además llegar a tiempo es un reto. De día, Manhattan parece un hormiguero. Ana estaba andando entre la muchedumbre y de pronto recogió un papel que iba a cambiar su vida.

Sarah BARBIER

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UNO

En ese momento Caperucita una niña a quien le gusta descubrir muchas ciudades del mundo. Hoy está en Manhattan por el Central Park cuando aparece un joven de diecisiete años que se llamaba Juan que también es español. Empiezan a hablar y durante toda la tarde se ríen y se cuentan sus vidas y aventuras. Juan queda con Caperucita para esa noche en su apartamento y ella por supuesto acepta.

Daniel-Andre LENIQUE

***

Hoy, como todos los días, salgo de mi casa a las 6 de la tarde para hacer mi jogging por Central Park, el parque más grande y más bonito de Nueva York. Me encanta correr por este parque porque me permite relajarme con el gorjeo de los petirrojos y el chapoteo del lago con sus patos y cisnes.

Estaba corriendo y de pronto surge un perro muy mono. Me hacía fiestas, jadeante, implorándome con sus ojos para que le acariciara. Su pelo era marrón y sus ojos verdes. Tenía un collar, en el que había escrito su nombre y el número de teléfono de su propietario. El perro se llamaba Pistacho, seguramente a causa de sus ojos verdes y en forma de pistacho.

Pistacho era muy cariñoso, le gustaba que le acariciara. Pensé en su propietario que seguramente estaba desesperado por la pérdida de su perro querido y llamé entonces al número indicado en el collar de Pistacho. Una persona con voz femenina respondió al teléfono sin aliento:

– Sí, diga, ¿Es por Pistacho? ¿Dónde está?.

Le respondí que estaba conmigo en Central Park y por suerte ella también se encontraba en el Parque.

Diez minutos después, vino una chica rubia, de ojos azules y con una sonrisa de oreja a oreja. Le doy el perro y me replica:

– Muchísimas gracias, parece que Pistacho le quiere.

Me preguntó cómo podía hacer para agradecerme y le respondí que podía invitarme al restaurante.

Y fue así como encontré a la mujer de mi vida.

Philippe CONESA

                                                                                          ***

Eran las cinco y nueve, ella había salido de su piso a las cinco, torció hacia la calle 74, pasó delante del restaurante Patsy’s Pizzería a las cinco y cuatro. Todas las mañanas iba a correr antes de ir al trabajo. A ella siempre le había gustado correr. Pasaba entre los árboles y las farolas. La gravilla resbalaba bajo sus pasos. Ya se podían ver los primeros resplandores del sol por encima de los árboles. Hacía 20 minutos que corría escuchando música, cuando unas manos le taparon la boca y la tiraron detrás de unos árboles. Se le cayeron los auriculares y pudo oír:

– Hola Hanna. He vuelto.

Nerea PRUNEAU MARIN

***

Estábamos caminando a orillas del lago. Quería tomar la mano de Greta, sentir su cuerpo, sus emociones. Esa sensación era extraña, me parecía difícil seducirla. Estábamos mirando a las estrellas, buscando las constelaciones. Cuando hablaba, su voz era como la melodía del amor. Cuando miraba sus ojos, podía ver más estrellas que en el cielo. Conocía a Greta desde hacía un mes. Nos habíamos encontrado en la fiesta de un amigo en común. Me enamoré de ella desde la primera vez que la vi.

Nos habíamos sentado en la hierba, mirando un espectáculo de agua cuando un hombre surgió, vestido con una gran chaqueta negra. En su mano escondida, tenía un cuchillo.

Elsa INGRAND

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Nuestra historia empieza en la entrada noroeste de Central Park. ¿Veis a aquella pequeña chica vestida de rojo, andando inocentemente por el camino tranquilo del parque más grande del mundo? Esa jovencita se llama Caperucita Roja, y quiere atravesar ese parque para dar algunas pizzas a su abuelita enferma ¡Oh!, y a algunos metros a la derecha de ese cielito, ¿lo veis? ese mafioso vestido de negro, disimulado entre los árboles como un lobo. Ese mafioso tiene hambre, y creo que va a intentar robar las pizzas de Caperucita. Ahora, escuchadme atentamente, todo va a pasar muy rápido: el hombre sale de los árboles y se pone delante de Caperucita; pero, Caperucita lo había previsto todo; el mafioso intentó arrebatarle las pizzas, y en ese momento Caperucita le dio un golpe con su mano derecha en la cabeza, le pegó en la barriga con su mano izquierda, y le envió violentamente su pie derecho en la entrepierna del hombre – Caperucita era una campeona de krav maga – por último, se cayó gritando de dolor, Caperucita Roja acabó inocentemente su paseo hasta el rascacielos donde vivía su abuela.

Paul ROUGEAN

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Un día, Luisa, una joven, dio una vuelta por Central Park por la tarde, y se sentó en el centro del parque para leer. Pero acabó por dormirse, y los segundos pasaron,…y los minutos…y las horas…y cuando se despidió, era noche cerrada.

¡Oh no! ¡Ha de ser medianoche! – pensó.

Se asustó : ese lugar en Central Park podría ser peligroso de noche. Ya no veía a nadie alrededor, sólo un conejo la miraba fijamente, le dijo : « Luisa, cuando te despidas, creerás que fui un sueño…pero ahora ¡ambos sabemos que soy de verdad! No me olvides, y ahora ¡despídete! »

Y Luisa de despidió a las cinco, y volvió a casa.

Emma-Louise HURTIN

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Desde su más tierna infancia, le gustaba pasear por el pastel de espinacas del centro de la isla. Con su hermanito, con sus amigos y a veces sola, había explorado el parque entero. Conocía el paseo central como los escondites que nadie conocía, salvo ella. Cada vez que se iba sola, su madre se asustaba ya que el parque es peligroso, los asesinos y ladrones imponían las leyes del miedo a su hija pequeña de 16 años. El problema era que el parque no le daba miedo a la niña. Al contrario, le daba la impresión de que estaba en uno de los spaghetti western que veía los sábados con su abuela. Decía que la adrenalina no hacía daño alguno a nadie y que los asesinos no iban a echarle una mirada porque no tenía nada que reprocharse. Lo decía hasta cierto día.

Y aquel día, pasó algo diferente, pasó algo raro.

Marie DESTARAC

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Y, en medio de toda esa multitud de edificios gigantescos, que parecen hechos a la medida de un gigante, en medio de ese paisaje que sale en todos los pósters y las postales, detrás de uno de los árboles del inmenso Central Park, mirando bien, se puede ver a una niña. Entre la oscuridad de la noche y las sombras amenazantes de los árboles, casi no se la ve, y es exactamente por esa razón por la que está ahí. Mira de lejos las luces, las publicidades en los rascacielos y los edificios, discretamente, como si solo con su mirada se pudiera apagar todo de golpe, haciendo la noche aún más oscura. La luz de la luna se refleja levemente en su cabello, resaltando sus rizos negros, y sus ojos azules desvían la mirada del maravilloso paisaje para mirar detrás de ella nerviosamente. Oye unas pisadas a lo lejos, y de repente una sombra aparece detrás de un árbol y se dirige hacia ella. El corazón de la niña se aceleraba bruscamente y aguanta la respiración, mientras alza la vista hacia la luna, como suplicándole su ayuda, pues sabe que la sombra viene a por ella. La han encontrado.

Irene CAMPILLO PINAZO

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En una de estas velas encendidas, vivía una niña cuyo nombre era Sara Allen. Vivía con su madre divorciada en un séptimo piso, o sea por la mitad de las velas más altas. Sara solía caminar mucho por el pastel de espinacas. De hecho, pasear por el parque le encantaba. Iba a menudo allí, y los acostumbrados del lugar la veían andar sola, con auriculares puestos a tope y zapatillas de deporte silenciosas al pisar la hierba. A pesar de tener quince años, conservaba su carita de niña. Tenía unos ojos grandes y una nariz pequeñita, cubierta de pecas que se extendían por sus mejillas.

Era una chica hermosa, aunque su madre deploraba su forma de vestir, siempre los mismos chándales rojos, con esas capuchas que le escondían su rostro tan lindo.

Paloma DIAZ

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Como yo, hay mucha gente perdida en esta enorme ciudad donde los mapas y los GPS resultan inútiles antes las muchísimas calles y callejones. Hacía mucho, caminando por el gran pastel de espinacas y paseando a Rocky, mi perrito, me encontré con una chica muy agitada que estaba detrás de un árbol. Inicialmente me asusté ya que pensaba que era una ladrona que intentaba acercárseme más para poder robarme lo poco que tenía, pero al ver que era una muchacha extraña que no reaccionaba ante mi presencia, me acerqué y balbuceé un poco tímido « ¿Estás bien? » Ella me miró, asintió con la cabeza y me dijo que llevaba huyendo desde hacía 15 minutos de un ladrón que había intentado robarle el bolso. Esa noche la llevé a dormir a mi casa ya que ella vivía lejísimos de Central Park y me daba miedo de que le pasara algo. Me contó que se llamaba Lisa y que llevaba en Nueva York menos de una semana, que le gustaban los perros y que trabaja como camarera en un bar de mala fama. Lisa actualmente es mi mejor amiga y mi compañera de piso desde hace unos 5 años.

Laura TORRES

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Estaba listo, lo había preparado todo. Finalmente podría pedirle que se casara conmigo. Había elegido el lugar más bonito de Central Park y lo había decorado. En el centro, una mesa donde había puesto velas. también había puesto en los árboles guirnaldas de luz que parecían como luciérnagas en la noche. ¡Era maravilloso! Sólo faltaba alguien, Teresa. Estaba esperando cuando la vi, maravillosa en un fino vestido rojo. Nos sentamos a la mesa y después de algunos minutos le pedí que se casara conmigo.

No se pueden imaginar lo alegre que me puse cuando respondió que sí. ¡Fue el día más feliz de mi vida!

Marthe RECHSTEINER

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Hacía frío. El niño andaba desde hacía unos minutos que le parecían horas. Arropado en un abrigo de piel, se le distinguía sólo la cara, marcada por el cansancio y el hielo. Por centésima vez, volvió hacia su madre y, con la cara llena de esperanza, le suplicó hacer una pausa. La madre, con deliciosa sonrisa, le respondió que llegarían dentro de unos minutos. El niño, exasperado, se dio la vuelta y empezó a estudiar su entorno. Sus ojos aumentaron cuando vio brillar las luces de los anuncios y los rascacielos que parecían flanquear algo como un pastel de espinacas. Asombrado, no oyó a su madre que le anunciaba una próxima llegada. Cuando sintió el dulce calor del hogar, le preguntó a su madre cómo se llamaba el sitio por donde resultaba excitante caminar de noche. La madre, sonriéndole amorosamente a su queridísimo hijo le dijo: ¿Cómo? ¿No conoces Central Park?

Louis ARRIAU

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Un asesino en Central-Park

Luis se estaba paseando por Central-Park. Eran más o menos las diez. De repente oyó un ruido detrás de un árbol, vio una sombra a la luz de la luna. Una silueta inquietante llevaba algo afilado en la mano.

Luis echó a correr y la misteriosa silueta iba siguiéndolo. Por desgracia, su pie se quedó enganchado en la raíz de un árbol y se cayó y su nariz se puso a sangrar. La silueta se paró, justo delante de él, con el cuchillo en las manos y con una sonrisa casi irreal.

David SALGADO

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Sara estaba paseando en Central Park y no sabía la sorpresa que le esperaba.

El cielo estaba oscuro y sin estrellas visibles, lo único que se podía oír era el ruido que hacían los árboles cuando el viento susurraba a los cipreses… Sara decidió volver a su casa porque tenía miedo, pero oyó un ruido detrás  suyo; un hombre vestido de negro con un sombrero del mismo color, estaba mirándola, Sara gritó y quiso correr pero el hombre se lo impidió.

María MIROBOLANT

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En el Central Park las ardillas lo ven todo y lo escuchan todo, absolutamente todo.

Han visto crímenes, besos apasionados, personas que hacen jogging. Pero aquel día, no fueron espectadoras: fueron las actrices de una terrible tragedia.

El 26 de junio de 1995, un niño, llamado Robert D. Kennedy Jr, jugaba en Central Park. De repente, encontró detrás de un árbol una montaña de avellanas. Le dio una patada. Ignoraba que era la reserva del rey de las ardillas. Había desencadenado la ira real.

Una por una, las ardillas saltaron de los árboles y rodearon a Robert. El niño ya no podía escapar.

Se arrojaron sobre el chico, y lo mordieron hasta que se muriera.

Una pareja, que quería esconderse de las miradas, descubrió el cuerpo.

Desde aquel día, todos saben que no se debe dar una patada en las avellanas del rey de las ardillas.

Helen DAWSON

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El año pasado durante una noche fría de octubre, un hombre caminaba por los caminos estrechos de Central Park. Se acurrucaba en su chaqueta de lana para protegerse del viento glacial silbando en sus oídos, como si se burlara del pobre hombre. Aquella noche, Juan lo había perdido todo. Jugando a las cartas como cada día, hoy la suerte no había estado de su lado. Sus ahorros, su casa e incluso su perro estaban ahora en las manos de Carlos, su enemigo de siempre. Amargado, y por lo menos borracho, andaba sin ningún objetivo.

De repente, Juan oyó disparos. Corrió en dirección del ruido y distinguió a una persona tumbada sobre la tierra. ¡Qué sorpresa fue para él ver a Carlos quejumbroso de dolor! Tenía una herida grande en la barriga, y respiraba con mucha pena. La primera intención de Juan fue salir, diciéndose : « ¡Te está bien empleado! ». Pero Juan era una buena persona, y fue a ayudar a Carlos. El le dijo : « Juan, amigo mío, ¡Te suplico que me ayudes! Si no lo haces, moriré. Te prometo que haré todo lo que quieras. Viendo el dolor del pobre hombre, aunque lo odiaba, Juan eligió llevarlo al hospital. Para agradecerle, Carlos le devolvió todos sus bienes, y gracias a esta lección, Juan no jugó nunca más a juegos de azar.

Louana SOIDET

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Sí, Central Park es peligroso, y aún más cuando mides un milímetro y medio, te lo digo yo. 1.56 mm, este es mi tamaño. Ya sé que soy un poco pequeño para mi edad pero no es para tanto. Vivo en las altas ramas, allí, cerca de la copa del árbol, donde me he esculpido una casa en la corteza. Este es mi hogar, una madriguera cavada en el corazón del castaño, protegida por una rama cubierta de hojas y rodeada por musgo. La verdad es que tengo bastante suerte: no hay ardillas, no hay pájaros, no hay arañas… En fin, ningún bicho capaz de devastar mi rebaño de chinches. Solo hay una amenaza para mi ganado, una criatura sin piedad que extermina todos los rebaños de los alrededores. Se llaman las mariquitas y hoy, es día de caza…

Vincent BALOUP

                                                                                          ***

Eran cuatro amigos norteamericanos: Rosa, Javier, Raúl y Lola que se paseaban entre los rascacielos de Central Park. Era una muy agradable noche de julio. Eran casi las once. Estaban felices porque, todos, habían obtenido su diploma del instituto. Iban para celebrarlo. Andaban de manera alegre, cuando de repente un hombre salió detrás de un árbol, pero veían solo su silueta en el resplandor de la luna.

Se acercaban, despacio, pero de pronto los cuatro niños se detuvieron. La música de un rascacielos cerca que resonaba un minuto antes, marcó una pausa. Ningún ruido alrededor. La silueta seguía delante en dirección del grupo. Pasó, furtivamente, un rayo de luz. Al mismo tiempo, los niños reconocieron a la madre de Rosa. Sorprendidos se quedaron sin voz. ¡Habían tenido tanto miedo! La madre, quería solamente darle un jersey para que por la noche Rosa no tuviera frío.

Camille FONT

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Érase una vez una chica mexicana que estaba de viaje en Nueva York. Durante el día de visita al Empire State Building y también la conmeración del « Ground 0 ». Quería ir al Central Park durante el día pero no tenía tiempo o sea que fue de noche. Claudia no sabía que por la noche Central Park es muy peligroso dado que se puede encontrar con asesinos. Estaba sola paseándose por el parque cuando oyó un ruido que venía de los árboles. Ella no sospechaba de que podría ser un asesino. Sacó el móvil para alumbrarse el camino cuando alguien cayó del árbol. Le preguntó qué hacía y él le contestó que ella tenía que esconderse porque era muy peligroso. De repente los dos oyeron un ruido pero se dieron cuenta de que era un gato.

Zöé CAMERON

***

Estaba a punto de salir del parque por la puerta oeste cuando unas notas musicales me llegaron a los oídos. Me sorprendió mucho oír tal música a una hora tan tardía. Intenté seguir el rostro de esta melodía y al cabo de unos cien metros me encontré con un hombre. Tenía el pelo largo, su ropa estaba desgarrada y rota y no estaba afeitado (o sea que estaba desaliñado). Pero era él quien tocaba esa melodía tan suave y tan bonita. Era increíble que alguien así se encontrase en la calle, sin casa y sin nada. El hombre era un músico espectacular que seguramente hubiera podido ganarse la vida con su música. Mucha gente se paraba para escuchar y mirar a este hombre que era simplemente alucinante. Seguramente que muchos se preguntaban cómo era posible que personas así acabasen en la calle. Aunque este encuentro me sorprendió mucho, no era la primera vez que me encontraba con gente bastante rara por Central Park.

Víctor BLANCO

FIN