Que si me gustaría el metro de Nueva York…

Travaux d’expression écrite sur un fragment du roman Caperucita en Manhattan ( 1991), Madrid, 2002, Editorial Siruela, p. 73-74, de l’écrivaine espagnole Carmen Martín Gaite. (Voir le texte dans la rubrique « Ressources pédagogiques »).

Ce fragment montre Sara et sa mère montant dans le métro de New York. Deux points de vue différents sont donnés sur le métro de New York. Ce qui est touchant et artistiquement réussi c’est la double focalisation ; d’un côté un regard positif qui est celui de l’enfant sur la diversité de l’humanité en un si petit espace et de l’autre le regard négatif de sa mère. La réalité de la ville cosmopolite a donné lieu à des réflexions sur l’altérité.

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El metro de Nueva York me parece ser muy interesante. En efecto, encontrarme con diferentes personalidades, ver gente venida de todas partes del mundo e imaginarme sus vidas y de dónde podrían venir me encantaría.

Sin embargo, sé que el metro de Nueva York tiene muchos peligros, a nivel de las agresiones.

Además, es famoso por oler mal…

Louana SOIDET

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Yo creo que no me gustaría el metro de Nueva York, porque es muy grande y hay muchos vagones así que me parece fácil perderme.

Además debe de haber mucha gente que coge el metro, tanto para trabajar como para viajar o visitar y debe de hacer mucho calor, creo que sería oprimente.

Sin embargo, creo que es enriquecedor y agradable oír a la gente hablar en inglés y charlar en voz alta o hablando entre dientes. Además debe de ser muy útil para los turistas que quieren visitar la ciudad de Nueva York. Permite tener una independencia que no tenemos con los taxis por ejemplo. Creo que es una buena manera de descubrir la ciudad pero también de encontrar diferentes personas.

Sarah BARBIER

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En general, me gusta más o menos el metro. Es un medio de transporte muy rápido y fácil de acceso. Me gusta pensar, como Sara, en las vidas de la gente que viaja conmigo. Me digo que no voy a verlas otra vez en mi vida y esta idea me gusta; es un poco raro, lo sé.

Nunca he ido a Nueva York y creo que me gustaría mucho. También pienso que me gustaría el metro. De hecho, Nueva York es una ciudad muy importante y entonces podría  encontrar a mucha gente. Aunque haya gente un poco especial, creo que no debemos fiarnos de las apariencias y debemos intentar ver lo interior de las personas. En francés hay una frase que dice : « El hábito no hace al monje ». Es decir, así como estás vestido no te defines, no dices quién eres. Entonces, creo que me gustaría el metro de Nueva York.

Elsa INGRAND

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En general, no me gusta el metro. Lo tengo que tomar cada día para ir y volver del instituto, y siempre hay mucha gente, hace calor, huele a sudor, hay personas muy maleducadas que toman un asiento mientras está todo el mundo apiñado o que empujan para poder entrar cuando ya no cabe nadie más. Además, cuando llueve, hay un 50% de probabilidades para que el metro no funcione.

En Nueva York, hay muchas más personas, y el metro es más viejo que aquí, así que debe de ser mucho más sucio y ha de estar en peor estado que el de aquí. Por otra parte, el texto habla de « charlatanes », que « echan discursos como si fueran curas ». Esas personas un poco desequilibradas pueden ser un poco de miedo: hablan solas, y no sabemos quién está ahí, quién escucha, y cómo el público o los mismísimos charlatanes podrán reaccionar: todo puede pasar.

No, creo que no me gustaría el metro de Nueva York.

Madeleine CAZALBOU

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Según la descripción de Sara, creo que me gustaría el Metro de Nueva York. Como ella, en el metro de Toulouse, me gusta observar a la gente e imaginar su vida, su familia, y todo lo que puedo imaginar. Creo que en el metro de Nueva York será muy diferente pero también mucho más divertido. En efecto, allí la gente es más diferente de la que se encuentra en Toulouse, habla una lengua diferente y su vida no tiene casi ningún punto en común con la mía. El lado peligroso de Nueva York no me da realmente tanto miedo pero si un día tengo que cogerlo, sé que voy a pensar en todo lo que puede pasar allí.

Marie DESTARAC

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Pienso que no me gustaría el metro de Nueva York porque según la descripción del texto de Carmen Martín Gaite, Caperucita en Manhattan, el metro está lleno de gente, uno no se puede sentar. Además, no me gusta estar cerca de tanta gente, no es que tema, sino que no me gusta que la gente pueda oír lo que digo a mi madre, mis amigos, o que puedan ver lo que escribo en mi móvil.

Marthe RECHSTEINER

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Pienso que me gustaría el metro de Nueva York porque, como a Sara, me gusta mirar a la gente e imaginar las vidas e historias de las personas. A veces cuando estoy en la calle invento vidas muy originales, a veces vidas ordinarias, entonces en el metro con todas esas personas realmente diferentes me gustaría aún más. Pero, Sara dice también  que hay mucha gente y, es posible que no me guste porque cuando hay demasiadas personas en un lugar me siento mal. Entonces puedo decir que me gustaría el metro de Nueva York pero sólo sin demasiada gente.

Marguerite PIGNARD

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Pienso que a mí me gustaría viajar en el metro de Nueva York para encontrar a nuevas personas que después podrían ser mis amigos. En la descripción, veo que hay muchos tipos de gente diferente, entonces estaría como Sara imaginando sus vidas. Me gustaría también solo hablar de tal o cual tema de la actualidad con la gente que me parecería bastante normal.

Pero pienso que me disgustaría viajar con personas que están hablando entre dientes u otros que dicen discursos como si fueran curas. Odiaría que se me acercara un charlatán que tuviera mala intención. En la descripción hay mucha gente que va hablando entonces debe haber mucho ruido y si tuviera que cogerlo cada día estaría muy cansada.

Camille FONT

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 Con esta descripción del metro de Nueva York, Carmen Martín Gaite nos muestra y nos describe un espacio en el que se mezcla ruido y gente, y quien dice gente, dice olor.

Esa mezcla es algo muy particular y pienso que se puede comparar ese metro, esa mezcla de olor con el metro de Toulouse, con su mezcla de gritos, ruido y olor humano, de transpiración; o también con el metro de París. No le diré que no me gusta ese lugar, pero tampoco le diré  que me encanta, cada mañana me desplazo en metro para ir al instituto.

Como lo he dicho antes, es un lugar muy particular y además está bajo el nivel de la tierra y de las calles. Por eso, prefiero los autobuses.

Paul ROUGEAN

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Según lo que Caperucita ha descrito en su historia, por un lado me gustaría tomar el metro de Nueva York dado que soy una persona muy curiosa o sea que me gusta saberlo todo sobre todo; entonces si tomara el metro tendría mucha curiosidad por las vidas de los que toman el metro conmigo. Me gusta saber si las personas tienen hijos, si están casados, si trabajan, etc… Pero por otro lado no me encantaría tomar ese metro porque tengo miedo a la muchedumbre ya que hay mucho ruido, hay también gente por todas partes o sea que uno no puede circular, sentarse, subir ni bajar sin empujar a alguien, hay veces en las que hay niños que están llorando. En la muchedumbre se puede encontrar a personas locas, personas borrachas, juerguistas, etc. y a mí no me gusta estar con estas personas cuando no las conozco.

Zöé CAMERON

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Pienso que me gustaría el metro de Nueva York según la descripción en Caperucita en Manhattan.

Primero, porque es una pausa en el tiempo, un edén bastante quieto en la ciudad agitada de Nueva York. Las personas no tienen nada que hacer sino esperar. Esa quietud es un poco relativa, por causa del ruido que hace el metro, pero para mí es quietud.

Segundo, porque la gente es muy diversa, y, para una dibujante como yo, es un verdadero entrenamiento: recordar todas las posibilidades que crea la naturaleza.

Helen DAWSON

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No sé precisamente si me gustaría o no el metro de Nueva York porque nunca lo he cogido, pero al leer esta descripción me hace pensar en dos cosas distintas.

La primera es que me gustaría viajar en este metro, porque me gusta ver las caras de la gente, imaginándome las vidas que llevan. En efecto, cuando cojo el metro de Toulouse (es decir todos los días) me gusta verla, pensando que nunca la volveré a ver. Es como todas esas personas con las que nos cruzamos por la calle cada día; y quizás no les prestemos bastante atención. Además Nueva York es una ciudad cosmopolita, es decir que hay muchas culturas y barrios diferentes como Chinatown, Brooklyn, Manhattan, Broadway o el Bronx. Y todo esto se refleja en las personas que vemos en el metro. Por ejemplo, podemos encontrar hindúes, chinos, latinoamericanos, personas de todas las nacionalidades, sólo cogiendo el metro y entonces es muy interesante.

También me gustaría viajar con el metro de Nueva York porque funciona las 24 horas, todos los días del año. Cada día transporta cinco millones de pasajeros; y me permitiría descubrir esta magnífica ciudad de Nueva York.

Por el contrario, es una lástima encontrar gentes con una cara sombría, hosca y huraña, que no hablan y parecen indiferentes. Es una pena porque sonreír no cuesta nada hacernos feliz y es comprensible de todos. Cuando veo que todas estas personas están ajetreadas por su trabajo, con prisa, que no tienen tiempo ni para sonreír, me da pena porque pienso que no se dan cuenta de lo importante que es la vida.

Pero el metro puede ser peligroso, porque no sabemos a quién vamos a encontrar porque a mí no me da miedo.

En conclusión, me gustaría descubrir el « Subway » de Nueva York que ya he visto en muchas películas americanas.

Philippe CONESA

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Yo pienso que me gustaría mucho el metro de Nueva York, como a Sara en el relato, pues soy muy curiosa. Todo lo que puedo escuchar, lo escucho, y me encanta cuando gente que no conozco habla, aunque no me hablen a mí. Los escucho discretamente, sin que se den cuenta, y me basta con unas frases para imaginarme sus vidas: quiénes son, por qué están ahí, pienso hasta en qué tiendas han comprado su ropa. A veces, me quedo tan obnubilada que se me olvida dónde estoy. Por eso, creo que el metro de Nueva York sería un pequeño paraíso para mí: todas esas personas tan diferentes, todas hablando de cosas diferentes: unos susurrando, como para que nadie los oiga, y otros hablando fuerte, para que todo el mundo se entere de lo que están diciendo. Para mí, cada una de esas miles de personas que pasan cada día por el mismo metro serían como libros abiertos, que me gustaría leer y descubrir. Supongo que a partir de cierto punto, a la gente le debe parecer aburrido: todos los días, las mismas escaleras, los mismos asientos, los mismos hombres hablando con el mismo tono altisonante. Yo pienso que no lo es. El mundo nunca es aburrido para quien sabe mirar.

Irène CAMPILLO PINAZO

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Pienso que me gustaría mucho el metro de Nueva York por varios puntos.

Primero, fui a Nueva York hacía dos años y me encantó mucho esta ciudad y este viaje. He descubierto una nueva cultura porque la gente se mezcla en cualquier lugar. En el metro, he visto todo tipo de personas y era muy divertido ver a esta gente que está muy activa incluso en el metro y en el bus.

Segundo, como a Sara me gustaría comparar a la gente en el metro y comparar sus costumbres, sus gestos, sus ropas. Las personas son muy diferentes entre ellas y me gusta mucho el concepto de ver todo tipo de personas que tienen solamente una cosa en común: están haciendo el mismo viaje. Además, estoy a favor de la libertad de expresión y es muy importante para mí que la gente pueda expresarse libremente en el metro sin que otra gente la juzgue. Entonces, me gustaría el metro de Nueva York porque la gente se atreve a echar discursos.

Por último, me gustaría el metro de Nueva York porque cada vez que esté en el metro podré cerrar los ojos e imaginar la vida de las diferentes personas como si estuviera en la piel de estas personas. Y pienso que podría ser una experiencia muy instructiva.

Guénola FREY

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Ya he estado en el metro de Nueva York, y me ha hecho pensar en el de París porque hay tanta gente y es bastante animado. Pero si sólo me fiara del texto sacado del libro Caperucita en Manhattan olvidando que ya he estado, el texto no me daría ganas de ir porque para mí hay demasiada gente y mucha animación, tengo miedo a la multitud, pienso que tengo un poco de agorafobia. Por lo demás, no tomaría el metro aunque me obligaran, prefiero ver el paisaje exterior pero hay que admitir que el metro es mucho más práctico.

Con el texto tengo la impresión de un ambiente pesado porque la gente ni siquiera presta atención a los que echan discursos, para mí es pesado y me gusta, esto me pone incómoda.

Maria MIROBOLANT

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Que sea de Nueva York o de Budapest, a mí no me gusta el metro. Hay que reconocer que es muy rápido, muy seguro, muy cómodo y que así se evitan los atascos y la contaminación ambiental, pero a mí no me gusta. Me siento incómodo, apretado entre una muchedumbre de gente en este tren subterráneo.

En esta descripción del Metro de Nueva York, parece que el famoso « Subway » es caótico, sucio y lleno de « extravagantes charlatanes  » con « las ropas en desorden y el pelo alborotado » que hablan a los viajeros. Me da aún menos ganas de coger el metro si un día viajo a esa ciudad porque odio  que me moleste la gente cuando canta o echa discursos sobre la situación económica del país, aunque sé lo difícil que es para ellos. Pero aparte del metro, algo tendrá esta ciudad que atrae tanto la atención, esto creo, viendo el número de turistas que sueñan con ir allí al menos una vez en la vida.

Vincent BALOUP

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Coger el metro en la gran manzana

Hay quienes piensan que el metro en general es muy útil y práctico. Llevan razón. Otros opinan que es un lugar peligroso donde se tiene que andar con cuidado. Debo admitir que también la llevan.

Aunque el texto presenta la opinión de la hija y de la madre, es bastante subjetivo: Sara está fascinada por la diversidad de toda esta gente. Y su madre es más dubitativa. Pero la visión que domina es la de Sara, convirtiendo el metro de Nueva York en un lugar apasionante.

No sé muy bien si el de Tolosa (Francia) es muy diferente del de Nueva York. Seguramente será más grande el de la gran manzana. Me sorprende que éste funcione al aire libre, como en el País Vasco. Es increíble que figure entre los más grandes del mundo. Muchos dicen que forma parte integral de la ciudad, aunque otros lo conozcan por su criminalidad y el fenómeno de las pintadas (graffiti) en los años ochenta (pero esto ha disminuido desde entonces). En la cultura popular, apreció en muchas películas (mi referencia personal es la segunda entrega de Spider Man, pero el hombre araña no fue el único personaje de ficción en dar con el conocido medio de transporte) además de figurar en libros, como aquí en Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite.

Personalmente, el metro no me es tan grato: aunque suene amanerado, estar ahí dentro pasadas las cinco de la tarde no es exactamente una experiencia de las más agradables. Me imagino la reacción de Jean Baptiste Grenouille, protagonista de El perfume, si hubiera vivido en nuestra época. Por no hablar de todas las pastillas o jarabes tomados y los pañuelos usados tras sujetarme a una de estas barras instaladas para mantenernos firmes. En cambio, la idea de desplazarse tan rápido en cápsulas de metal automáticas me divierte, lo veo parecido a algún concepto futurístico.

Por otro lado, esta dimensión se anula en Nueva York: el metro es una especie de reliquia. La ciudad está compuesta por barrios muy variados, a veces con etnias mayoritarias como en Chinatown. De hecho, me encantaría: debe de ser muy sorprendente acudir a una estación de Nueva York, tomar el metro y llegar en unos minutos a « China » únicamente con un billete.

A la pregunta « ¿te gustaría o no el metro de Nueva York? » contestaría : « Pues claro, sería una experiencia muy interesante. »

Paloma DIAZ

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Creo que a mí me gustaría el metro de Nueva York aunque haya mucha gente. Es un metro en el que hay más vida que en el de Toulouse en el que la gente sólo coge el metro, sin más.

En el metro de Nueva York la gente es muy diferente y el hecho de que haya mucha gente hace que haya mucha más gente diferente.

Además, hay más « charlatanes » y gente echando discursos, lo que hace que la espera del metro sea menos pesada.Y aunque muchos digan tonterías, son muy divertidos.

David SALGADO

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Según la descripción, el metro de Nueva York no parece ser un buen lugar porque algunas personas van « hablando solas » y me da la sensación de que hay mucha gente (« ¿Me permite? –decía la señora Allen metiendo la cadera »). Pero pienso que no me molestaría subirme en ese metro porque no me importa que haya mucha gente. Y la gente que habla sola, si habla « entre dientes » no me molesta y si echa « discursos » no la escucho.

Nerea PRUNEAU MARIN

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Según la descripción del texto del metro de Nueva York yo pienso que no me hubiera gustado ya que la estación está presentada como un lugar inseguro, por las múltiples personas que el texto cita, como locos hablando de temas intrascendentes vestidos como vagabundos y mal aspecto físico.

En otro lugar, el texto describe el metro como un lugar lleno de gente, lo cual provoca una sensación  de asfixia, cosa que no me ayuda a mejorar su imagen. Personalmente creo que Nueva York al ser una ciudad tan grande y tan habitada hace que una cosa básica de la ciudad como es en este caso el metro,  sea el caos, lo cual justifica que haya personas extrañas.

Para acabar, el metro de Nueva York puede tener puntos positivos como el hecho de hacer lo  que hacía Sara en el metro, una actividad que nos permite echar a volar nuestra imaginación, lo cual nunca viene mal, pero que no es un motivo suficiente para hacerme cambiar de idea.

Laura TORRES CÁRDENAS

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Creo que a mí me gustaría el metro de Nueva York, porque parece haber aún más diferencias entre la gente que en el metro de Toulouse. Me hubiera gustado el metro de París, entonces pienso que el metro de Nueva York debe de ser un poco parecido.

Me gusta mirar a la gente, detallar sus ropas, sus caras, sus expresiones, y en el metro, tengo bastante tiempo para hacerlo (mientras que en la calle es más difícil). Al hacerlo, tomo nota de qué color combina o no con otro, y me gusta cuando las personas tienen un estilo propio de ropa.

En el metro, por ejemplo, cuando una persona sonríe mirando su móvil, me gusta imaginar lo que está leyendo, quién le ha enviado el mensaje, etc..

Emma-Louise HURTIN

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El metro de Nueva York es el sistema de transporte ferroviario urbano más grande en los Estados Unidos y uno de los más grande del mundo. Este sitio único es evocado en el libro Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite.

Así, según esta descripción del metro de Nueva York cabe preguntarme si me gustaría o no este sitio.

En primer lugar, es importante saber que, de manera general no me gusta mucho el metro. A pesar de eso parece súper poblado. En efecto, « había mucha gente » (l. 1). Toda esa agitación y gentío hace que, quizás no hubiera suficiente espacio entre la gente, lo que provocaría algunos pequeñitos accidentes (como pisar el pie de una persona o darle un golpe con el codo. Eso, nunca es agradable, sobre todo por la mañana.

En segundo lugar, la gente no parece muy amable: « una muralla de silencio y de indiferencia » (l. 5); y nunca es fácil empezar el día aislándose y teniendo el rostro inexpresivo y hermético.

Para acabar, el metro es aburrido. Aunque a Sara le gustaba este entorno (porque se puede imaginar la vida de esos pasajeros), lo interpreta como un medio para huir del aburrimiento de ese sitio.

En conclusión no me gustaría el metro de Nueva York. En efecto, me sentiría encerrado.

Louis ARRIAU

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Con esta descripción del metro de Nueva York tengo dos impresiones.

La primera es que no me gustaría el metro de Nueva York porque hay demasiada gente y no me gusta estar pegado a varias personas a las que ni siquiera conozco, y aunque la conociera tampoco me gustaría estar pegado a ella. Además, no me gustaría mucho este metro porque según este texto hay una gran diversidad de personas en el metro, y se puede suponer que hay tantas personas buenas como personas peligrosas o con malas intenciones. Este sería el lado negativo del metro.

La segunda es que esa misma diversidad de personas puede dar a conocer a personas muy simpáticas de diferentes culturas y horizontes y, al igual que a Sara, me gustaría intentar adivinar sus orígenes y ayudar a gente que necesita un apoyo.

Victor BLANCO

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« ¿Cómo sería posible que en una distancia tan corta como la que va del pelo a los pies pudieran darse tantas variaciones como para que no fuera posible confundir a uno de aquellos viajeros con otro? », se pregunta Sara Allen.

Es verdad que, cuando nos lo pensamos, son bastante alucinante las diferencias que hay entre un hombre y otro, la diferencia en la manera de vestirse, la diferencia en el corte de pelo, y tantas cosas que hacen de un individuo alguien original y único.

La diversidad en el mundo es algo maravilloso y con más de ocho millones de habitantes, seguramente que Nueva York es la ciudad donde hay más diversidad. Por eso, como a Sara, me gustaría subirme al metro de Nueva York. Pienso que es el lugar perfecto para sentarse en un rincón y observar a la cantidad de personas que pasan. El metro es el medio de transporte más utilizado en NUeva York y uno se podría cruzar con todo tipo de gente.

El metro es también el lugar adecuado para utilizar su imaginación. Me parece divertido intentar imaginar la vida de los « charlatanes » del metro. Intentar adivinar de dónde vienen y a dónde van, dónde trabajan, cómo puede ser su familia y qué es lo que sucede en sus vidas. « Había mucha gente que iba hablando sola en el metro de Nueva York […] sus palabras se estrellaban contra una muralla de silencio y de indiferencia. Nadie los miraba. »

Por otra parte, me da rabia que los cinco millones de neoyorquinos que se suben cada día a un metro , aunque viajen juntos y hagan el mismo viaje, no se hablan, no se hacen caso, se ignoran. Ni siquiera se saludan. Tanta gente en un espacio tan pequeño y sin embargo, hay como un sentimiento de soledad. Nadie se mira, la gente no se sonríe…

Es verdad que el metro es inconfortable: hay muchos pasajeros, huele mal, la gente se golpea. Pero puede ser que, si cada pasajero pusiera algo de su parte, si se saludaran, si fueran más simpáticos, el viaje sería más agradable.

En efecto, es tan raro que la gente sea amable en el metro, que un día, un hombre fue detenido por la policía porque cuando entró en el vagón, saludó a todos los pasajeros y a la gente le pareció sospechoso.

A modo de conclusión, viajar en el metro de Nueva York puede ser una buena experiencia y resultar muy divertido; pero si ciertas cosas cambiasen, la aventura sería aún más divertida y agradable.

Nathan Le FLOHIC

FIN

Caperucita en Manhattan_UNO

Incipit de Caperucita en Manhattan

Les élèves après avoir fait la compréhension écrite de l’incipit de Caperucita Roja en Manhattan  avaient un devoir à rendre sur feuille. Après correction par le professeur, ils se sont rendus en salle d’informatique et ont tapé le fruit de leur travail, ce qui a permis l’apprentissage du clavier espagnol.

Le texte source d’inspiration est pris d’un roman de Carmen Martín Gaite, Caperucita en Manhattan publié en 1991.

L’inventio de ces jeunes hispanistes est à votre disposition. Bonne lecture.

CENTRAL PARK

Imagina una historia en Central Park. Puedes continuar con Sarah Allen o añadir otro(s) personaje(s).

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Elsa, una estudiante, salió de su universidad y tomó el camino para ir a su apartamento. Cuando llegó a Central Park, era el atardecer. Anduvo por los caminos entre los árboles de Central Park y cuando estuvo cansada, se sentó en un banco para hacer sus deberes. Eran las seis y media; volvió, andando por los caminos de Central Park.

De repente, un ladrón le robó el bolso y corrió deprisa. Un joven, que estaba en un banco, la persiguió y le volvió a coger el bolso. El joven le devolvió el bolso a Elsa, quien le agradeció calurosamente. La chica le preguntó su nombre y su nuevo amigo le respondió « Alex ».

Guénola FREY

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En Central Park, muchas cosas pueden cumplirse…

Durante una fría noche de diciembre una pareja caminaba entre los árboles de Central Park. Los novios hablaban del futuro, del presente y del pasado cuando un hombre llegó por detrás de un árbol, robó el bolso de ella y se fue corriendo.

Los dos enamorados comprendieron lo que pasó unos segundos después y el hombre siguió al ladrón.

Minutos después recorrió el camino de revés cansado y triste, sin el bolso de su novia. Los dos se sentaron en un banco cuando un hombre –un policía– llegó con el bolso y el documento de identidad de la señora, explicando que había detenido al ladrón.

Marguerite PIGNARD

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Este espectáculo a Sara Allen le gustaba mucho.

Cuando sus padres se habían acostado, solía escaparse de su casa y pasear por Central Park. No temía a nadie: ni a los ladrones ni a los asesinos.

Antes de salir a pasear, se ponía unas zapatillas y por encima de su pijama, se cubría con un largo abrigo rojo que le rozaba las rodillas y se tapaba la cabeza con la capucha, de manera que no se le viera la cara. Nadie podía saber  quién se escondía bajo dicho disfraz.

De vez en cuando, los hombres y las mujeres que cruzaban el parque en taxi percibían entre los árboles a este singular personaje vestido de rojo, como sacado de un cuento maravilloso. De modo que, al cabo de unas noches, de tanto ver a esta jovencita que corría por el parque, la gente empezó a llamarla la Caperucita de Manhattan.

Nathan LE FLOHIC

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De día, los turistas concurren en el parque, particularmente cerca del Belvedere Castle. Ahí está un vendedor de perritos calientes, exquisitos y baratos. John Doe, como lo llamaremos para preservar su anonimato, es un hombre simpático y amable con sus clientes, sobre todo los turistas, aficionado a hacerles bromas.¿Quién sospecharía que de noche, este buen hombre recorre Central Park, escondiéndose en la sombra, acercándose lenta y silenciosamente a sus débiles víctimas, con una cuerda y guantes de cuero?

Por la mañana, los policías, después de investigar en la escena de los crímenes, se van a tomar un perrito y a charlar con John Doe, sin jamás sospechar que están delante del serial killer.

El 10 de julio de 1997, mientras estaba acercándose a una pobre vieja sin defensas, ésta, más peligrosa de lo que parecía, le hizo una llave de kárate digna de los Juegos Olímpicos. El asesino se desplomó, muerto. Ignoraba que había atacado a Super Granny, muy conocida en Manhattan por ahuyentar a los malvados criminales.

Los policías identificaron al asesino-víctima. Jamás hubieran pensado que comían con él cada día.

Moraleja: los vendedores de perritos calientes pueden ser peligrosos… Las abuelitas también.

Madeleine CAZALBOU

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Podemos decir que en Manhattan hay dos mundos paralelos. Por la noche las luces de los edificios y los coches iluminan las avenidas y hacen vivir la ciudad. Ana pasea por las calles con su novio y mira los anuncios que deslumbran la ciudad entera. Cogidos de la mano, están mirando los rascacielos que parecen apuñalar el cielo. A través de los cristales de un pequeño y encantador restaurante, ven parejas que están cenando, alumbrados por la luz tamizada de las velas. A su derecha, un grupo de jóvenes están sacando fotos con una mascota. Por la noche, Ana cree que Manhattan es una ciudad muy animada, agradable y romántica.

Un mundo paralelo aparece cuando la noche se va y que el día se levanta. A primera hora de la mañana, Ana va al trabajo y deja que la empuje la gente que coge el metro. Todo el mundo está apresurado con un maletín en una mano y el teléfono en otra. Ana espera su turno en los quioscos. Como la mayoría de los habitantes de Manhattan, está muy estresada por el trabajo. Además llegar a tiempo es un reto. De día, Manhattan parece un hormiguero. Ana estaba andando entre la muchedumbre y de pronto recogió un papel que iba a cambiar su vida.

Sarah BARBIER

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UNO

En ese momento Caperucita una niña a quien le gusta descubrir muchas ciudades del mundo. Hoy está en Manhattan por el Central Park cuando aparece un joven de diecisiete años que se llamaba Juan que también es español. Empiezan a hablar y durante toda la tarde se ríen y se cuentan sus vidas y aventuras. Juan queda con Caperucita para esa noche en su apartamento y ella por supuesto acepta.

Daniel-Andre LENIQUE

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Hoy, como todos los días, salgo de mi casa a las 6 de la tarde para hacer mi jogging por Central Park, el parque más grande y más bonito de Nueva York. Me encanta correr por este parque porque me permite relajarme con el gorjeo de los petirrojos y el chapoteo del lago con sus patos y cisnes.

Estaba corriendo y de pronto surge un perro muy mono. Me hacía fiestas, jadeante, implorándome con sus ojos para que le acariciara. Su pelo era marrón y sus ojos verdes. Tenía un collar, en el que había escrito su nombre y el número de teléfono de su propietario. El perro se llamaba Pistacho, seguramente a causa de sus ojos verdes y en forma de pistacho.

Pistacho era muy cariñoso, le gustaba que le acariciara. Pensé en su propietario que seguramente estaba desesperado por la pérdida de su perro querido y llamé entonces al número indicado en el collar de Pistacho. Una persona con voz femenina respondió al teléfono sin aliento:

– Sí, diga, ¿Es por Pistacho? ¿Dónde está?.

Le respondí que estaba conmigo en Central Park y por suerte ella también se encontraba en el Parque.

Diez minutos después, vino una chica rubia, de ojos azules y con una sonrisa de oreja a oreja. Le doy el perro y me replica:

– Muchísimas gracias, parece que Pistacho le quiere.

Me preguntó cómo podía hacer para agradecerme y le respondí que podía invitarme al restaurante.

Y fue así como encontré a la mujer de mi vida.

Philippe CONESA

                                                                                          ***

Eran las cinco y nueve, ella había salido de su piso a las cinco, torció hacia la calle 74, pasó delante del restaurante Patsy’s Pizzería a las cinco y cuatro. Todas las mañanas iba a correr antes de ir al trabajo. A ella siempre le había gustado correr. Pasaba entre los árboles y las farolas. La gravilla resbalaba bajo sus pasos. Ya se podían ver los primeros resplandores del sol por encima de los árboles. Hacía 20 minutos que corría escuchando música, cuando unas manos le taparon la boca y la tiraron detrás de unos árboles. Se le cayeron los auriculares y pudo oír:

– Hola Hanna. He vuelto.

Nerea PRUNEAU MARIN

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Estábamos caminando a orillas del lago. Quería tomar la mano de Greta, sentir su cuerpo, sus emociones. Esa sensación era extraña, me parecía difícil seducirla. Estábamos mirando a las estrellas, buscando las constelaciones. Cuando hablaba, su voz era como la melodía del amor. Cuando miraba sus ojos, podía ver más estrellas que en el cielo. Conocía a Greta desde hacía un mes. Nos habíamos encontrado en la fiesta de un amigo en común. Me enamoré de ella desde la primera vez que la vi.

Nos habíamos sentado en la hierba, mirando un espectáculo de agua cuando un hombre surgió, vestido con una gran chaqueta negra. En su mano escondida, tenía un cuchillo.

Elsa INGRAND

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Nuestra historia empieza en la entrada noroeste de Central Park. ¿Veis a aquella pequeña chica vestida de rojo, andando inocentemente por el camino tranquilo del parque más grande del mundo? Esa jovencita se llama Caperucita Roja, y quiere atravesar ese parque para dar algunas pizzas a su abuelita enferma ¡Oh!, y a algunos metros a la derecha de ese cielito, ¿lo veis? ese mafioso vestido de negro, disimulado entre los árboles como un lobo. Ese mafioso tiene hambre, y creo que va a intentar robar las pizzas de Caperucita. Ahora, escuchadme atentamente, todo va a pasar muy rápido: el hombre sale de los árboles y se pone delante de Caperucita; pero, Caperucita lo había previsto todo; el mafioso intentó arrebatarle las pizzas, y en ese momento Caperucita le dio un golpe con su mano derecha en la cabeza, le pegó en la barriga con su mano izquierda, y le envió violentamente su pie derecho en la entrepierna del hombre – Caperucita era una campeona de krav maga – por último, se cayó gritando de dolor, Caperucita Roja acabó inocentemente su paseo hasta el rascacielos donde vivía su abuela.

Paul ROUGEAN

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Un día, Luisa, una joven, dio una vuelta por Central Park por la tarde, y se sentó en el centro del parque para leer. Pero acabó por dormirse, y los segundos pasaron,…y los minutos…y las horas…y cuando se despidió, era noche cerrada.

¡Oh no! ¡Ha de ser medianoche! – pensó.

Se asustó : ese lugar en Central Park podría ser peligroso de noche. Ya no veía a nadie alrededor, sólo un conejo la miraba fijamente, le dijo : « Luisa, cuando te despidas, creerás que fui un sueño…pero ahora ¡ambos sabemos que soy de verdad! No me olvides, y ahora ¡despídete! »

Y Luisa de despidió a las cinco, y volvió a casa.

Emma-Louise HURTIN

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Desde su más tierna infancia, le gustaba pasear por el pastel de espinacas del centro de la isla. Con su hermanito, con sus amigos y a veces sola, había explorado el parque entero. Conocía el paseo central como los escondites que nadie conocía, salvo ella. Cada vez que se iba sola, su madre se asustaba ya que el parque es peligroso, los asesinos y ladrones imponían las leyes del miedo a su hija pequeña de 16 años. El problema era que el parque no le daba miedo a la niña. Al contrario, le daba la impresión de que estaba en uno de los spaghetti western que veía los sábados con su abuela. Decía que la adrenalina no hacía daño alguno a nadie y que los asesinos no iban a echarle una mirada porque no tenía nada que reprocharse. Lo decía hasta cierto día.

Y aquel día, pasó algo diferente, pasó algo raro.

Marie DESTARAC

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Y, en medio de toda esa multitud de edificios gigantescos, que parecen hechos a la medida de un gigante, en medio de ese paisaje que sale en todos los pósters y las postales, detrás de uno de los árboles del inmenso Central Park, mirando bien, se puede ver a una niña. Entre la oscuridad de la noche y las sombras amenazantes de los árboles, casi no se la ve, y es exactamente por esa razón por la que está ahí. Mira de lejos las luces, las publicidades en los rascacielos y los edificios, discretamente, como si solo con su mirada se pudiera apagar todo de golpe, haciendo la noche aún más oscura. La luz de la luna se refleja levemente en su cabello, resaltando sus rizos negros, y sus ojos azules desvían la mirada del maravilloso paisaje para mirar detrás de ella nerviosamente. Oye unas pisadas a lo lejos, y de repente una sombra aparece detrás de un árbol y se dirige hacia ella. El corazón de la niña se aceleraba bruscamente y aguanta la respiración, mientras alza la vista hacia la luna, como suplicándole su ayuda, pues sabe que la sombra viene a por ella. La han encontrado.

Irene CAMPILLO PINAZO

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En una de estas velas encendidas, vivía una niña cuyo nombre era Sara Allen. Vivía con su madre divorciada en un séptimo piso, o sea por la mitad de las velas más altas. Sara solía caminar mucho por el pastel de espinacas. De hecho, pasear por el parque le encantaba. Iba a menudo allí, y los acostumbrados del lugar la veían andar sola, con auriculares puestos a tope y zapatillas de deporte silenciosas al pisar la hierba. A pesar de tener quince años, conservaba su carita de niña. Tenía unos ojos grandes y una nariz pequeñita, cubierta de pecas que se extendían por sus mejillas.

Era una chica hermosa, aunque su madre deploraba su forma de vestir, siempre los mismos chándales rojos, con esas capuchas que le escondían su rostro tan lindo.

Paloma DIAZ

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Como yo, hay mucha gente perdida en esta enorme ciudad donde los mapas y los GPS resultan inútiles antes las muchísimas calles y callejones. Hacía mucho, caminando por el gran pastel de espinacas y paseando a Rocky, mi perrito, me encontré con una chica muy agitada que estaba detrás de un árbol. Inicialmente me asusté ya que pensaba que era una ladrona que intentaba acercárseme más para poder robarme lo poco que tenía, pero al ver que era una muchacha extraña que no reaccionaba ante mi presencia, me acerqué y balbuceé un poco tímido « ¿Estás bien? » Ella me miró, asintió con la cabeza y me dijo que llevaba huyendo desde hacía 15 minutos de un ladrón que había intentado robarle el bolso. Esa noche la llevé a dormir a mi casa ya que ella vivía lejísimos de Central Park y me daba miedo de que le pasara algo. Me contó que se llamaba Lisa y que llevaba en Nueva York menos de una semana, que le gustaban los perros y que trabaja como camarera en un bar de mala fama. Lisa actualmente es mi mejor amiga y mi compañera de piso desde hace unos 5 años.

Laura TORRES

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Estaba listo, lo había preparado todo. Finalmente podría pedirle que se casara conmigo. Había elegido el lugar más bonito de Central Park y lo había decorado. En el centro, una mesa donde había puesto velas. también había puesto en los árboles guirnaldas de luz que parecían como luciérnagas en la noche. ¡Era maravilloso! Sólo faltaba alguien, Teresa. Estaba esperando cuando la vi, maravillosa en un fino vestido rojo. Nos sentamos a la mesa y después de algunos minutos le pedí que se casara conmigo.

No se pueden imaginar lo alegre que me puse cuando respondió que sí. ¡Fue el día más feliz de mi vida!

Marthe RECHSTEINER

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Hacía frío. El niño andaba desde hacía unos minutos que le parecían horas. Arropado en un abrigo de piel, se le distinguía sólo la cara, marcada por el cansancio y el hielo. Por centésima vez, volvió hacia su madre y, con la cara llena de esperanza, le suplicó hacer una pausa. La madre, con deliciosa sonrisa, le respondió que llegarían dentro de unos minutos. El niño, exasperado, se dio la vuelta y empezó a estudiar su entorno. Sus ojos aumentaron cuando vio brillar las luces de los anuncios y los rascacielos que parecían flanquear algo como un pastel de espinacas. Asombrado, no oyó a su madre que le anunciaba una próxima llegada. Cuando sintió el dulce calor del hogar, le preguntó a su madre cómo se llamaba el sitio por donde resultaba excitante caminar de noche. La madre, sonriéndole amorosamente a su queridísimo hijo le dijo: ¿Cómo? ¿No conoces Central Park?

Louis ARRIAU

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Un asesino en Central-Park

Luis se estaba paseando por Central-Park. Eran más o menos las diez. De repente oyó un ruido detrás de un árbol, vio una sombra a la luz de la luna. Una silueta inquietante llevaba algo afilado en la mano.

Luis echó a correr y la misteriosa silueta iba siguiéndolo. Por desgracia, su pie se quedó enganchado en la raíz de un árbol y se cayó y su nariz se puso a sangrar. La silueta se paró, justo delante de él, con el cuchillo en las manos y con una sonrisa casi irreal.

David SALGADO

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Sara estaba paseando en Central Park y no sabía la sorpresa que le esperaba.

El cielo estaba oscuro y sin estrellas visibles, lo único que se podía oír era el ruido que hacían los árboles cuando el viento susurraba a los cipreses… Sara decidió volver a su casa porque tenía miedo, pero oyó un ruido detrás  suyo; un hombre vestido de negro con un sombrero del mismo color, estaba mirándola, Sara gritó y quiso correr pero el hombre se lo impidió.

María MIROBOLANT

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En el Central Park las ardillas lo ven todo y lo escuchan todo, absolutamente todo.

Han visto crímenes, besos apasionados, personas que hacen jogging. Pero aquel día, no fueron espectadoras: fueron las actrices de una terrible tragedia.

El 26 de junio de 1995, un niño, llamado Robert D. Kennedy Jr, jugaba en Central Park. De repente, encontró detrás de un árbol una montaña de avellanas. Le dio una patada. Ignoraba que era la reserva del rey de las ardillas. Había desencadenado la ira real.

Una por una, las ardillas saltaron de los árboles y rodearon a Robert. El niño ya no podía escapar.

Se arrojaron sobre el chico, y lo mordieron hasta que se muriera.

Una pareja, que quería esconderse de las miradas, descubrió el cuerpo.

Desde aquel día, todos saben que no se debe dar una patada en las avellanas del rey de las ardillas.

Helen DAWSON

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El año pasado durante una noche fría de octubre, un hombre caminaba por los caminos estrechos de Central Park. Se acurrucaba en su chaqueta de lana para protegerse del viento glacial silbando en sus oídos, como si se burlara del pobre hombre. Aquella noche, Juan lo había perdido todo. Jugando a las cartas como cada día, hoy la suerte no había estado de su lado. Sus ahorros, su casa e incluso su perro estaban ahora en las manos de Carlos, su enemigo de siempre. Amargado, y por lo menos borracho, andaba sin ningún objetivo.

De repente, Juan oyó disparos. Corrió en dirección del ruido y distinguió a una persona tumbada sobre la tierra. ¡Qué sorpresa fue para él ver a Carlos quejumbroso de dolor! Tenía una herida grande en la barriga, y respiraba con mucha pena. La primera intención de Juan fue salir, diciéndose : « ¡Te está bien empleado! ». Pero Juan era una buena persona, y fue a ayudar a Carlos. El le dijo : « Juan, amigo mío, ¡Te suplico que me ayudes! Si no lo haces, moriré. Te prometo que haré todo lo que quieras. Viendo el dolor del pobre hombre, aunque lo odiaba, Juan eligió llevarlo al hospital. Para agradecerle, Carlos le devolvió todos sus bienes, y gracias a esta lección, Juan no jugó nunca más a juegos de azar.

Louana SOIDET

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Sí, Central Park es peligroso, y aún más cuando mides un milímetro y medio, te lo digo yo. 1.56 mm, este es mi tamaño. Ya sé que soy un poco pequeño para mi edad pero no es para tanto. Vivo en las altas ramas, allí, cerca de la copa del árbol, donde me he esculpido una casa en la corteza. Este es mi hogar, una madriguera cavada en el corazón del castaño, protegida por una rama cubierta de hojas y rodeada por musgo. La verdad es que tengo bastante suerte: no hay ardillas, no hay pájaros, no hay arañas… En fin, ningún bicho capaz de devastar mi rebaño de chinches. Solo hay una amenaza para mi ganado, una criatura sin piedad que extermina todos los rebaños de los alrededores. Se llaman las mariquitas y hoy, es día de caza…

Vincent BALOUP

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Eran cuatro amigos norteamericanos: Rosa, Javier, Raúl y Lola que se paseaban entre los rascacielos de Central Park. Era una muy agradable noche de julio. Eran casi las once. Estaban felices porque, todos, habían obtenido su diploma del instituto. Iban para celebrarlo. Andaban de manera alegre, cuando de repente un hombre salió detrás de un árbol, pero veían solo su silueta en el resplandor de la luna.

Se acercaban, despacio, pero de pronto los cuatro niños se detuvieron. La música de un rascacielos cerca que resonaba un minuto antes, marcó una pausa. Ningún ruido alrededor. La silueta seguía delante en dirección del grupo. Pasó, furtivamente, un rayo de luz. Al mismo tiempo, los niños reconocieron a la madre de Rosa. Sorprendidos se quedaron sin voz. ¡Habían tenido tanto miedo! La madre, quería solamente darle un jersey para que por la noche Rosa no tuviera frío.

Camille FONT

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Érase una vez una chica mexicana que estaba de viaje en Nueva York. Durante el día de visita al Empire State Building y también la conmeración del « Ground 0 ». Quería ir al Central Park durante el día pero no tenía tiempo o sea que fue de noche. Claudia no sabía que por la noche Central Park es muy peligroso dado que se puede encontrar con asesinos. Estaba sola paseándose por el parque cuando oyó un ruido que venía de los árboles. Ella no sospechaba de que podría ser un asesino. Sacó el móvil para alumbrarse el camino cuando alguien cayó del árbol. Le preguntó qué hacía y él le contestó que ella tenía que esconderse porque era muy peligroso. De repente los dos oyeron un ruido pero se dieron cuenta de que era un gato.

Zöé CAMERON

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Estaba a punto de salir del parque por la puerta oeste cuando unas notas musicales me llegaron a los oídos. Me sorprendió mucho oír tal música a una hora tan tardía. Intenté seguir el rostro de esta melodía y al cabo de unos cien metros me encontré con un hombre. Tenía el pelo largo, su ropa estaba desgarrada y rota y no estaba afeitado (o sea que estaba desaliñado). Pero era él quien tocaba esa melodía tan suave y tan bonita. Era increíble que alguien así se encontrase en la calle, sin casa y sin nada. El hombre era un músico espectacular que seguramente hubiera podido ganarse la vida con su música. Mucha gente se paraba para escuchar y mirar a este hombre que era simplemente alucinante. Seguramente que muchos se preguntaban cómo era posible que personas así acabasen en la calle. Aunque este encuentro me sorprendió mucho, no era la primera vez que me encontraba con gente bastante rara por Central Park.

Víctor BLANCO

FIN