Continuación del cuento LA SOGA, de Silvina Ocampo

L’écrivaine argentine Silvina Ocampo fut l’une des premières femmes écrivaines latino-américaines  à utiliser la figure de l’enfant comme personnage principal.

Le conte LA SOGA, « la corde » en français, a deux versions, l’une publiée en 1971 et l’autre en 1977. Veuillez vous référer à la rubrique « Ressources pédagogiques » pour lire le conte et la démarche pédagogique. Le personnage principal de ce conte, un enfant appelé Antonio o Antoñito, est peu à peu remplacé par un autre personnage issu de son imagination : la corde qui devient un serpent.

L’histoire se finit mal. Antoñito meurt piqué par le serpent. Le talent de Silvina Ocampo parvient à nous faire croire que la corde est bien un serpent… On voudrait sauver Antoñito. C’est la raison pour laquelle les élèves ont eu comme consigne de changer le cours de l’histoire, de faire en sorte qu’il ne meure pas. Le défi était grand car il fallait rebrousser chemin pour tisser des éléments nouveaux afin de pouvoir fermer l’oeuvre ouverte de Silvina Ocampo.

***

Y así pasaron los años, poco a poco a Toñito le fue pasando el fervor que sentía de pequeño, con solo pensar en jugar con su soga Prímula. A pesar de todo, solía salir de paseo al parque con la cuerda, y como si fuera un perro le tiraba objetos que Prímula le devolvía con devoción. Pero la cuerda-serpiente sentía que con los años, el niño se iba transformando y no disfrutaba tanto como antes de sus juegos cómplices.

Se sentía triste y un poco abandonada aunque hacía tiempo que sabía que cuando Toñito creciera, perdería el interés que sentía por ella: sabía que le gustaba mucho jugar al fútbol con sus compañeros de clase y también que le empezaba a gustar una muchachita llamada Salomé. Prímula sentía que el lazo que había entre ellos estaba desapareciendo. Sin embargo, una vez por semana, seguían yendo de paseo; Prímula sentía que Toñito cumplia con su deber. Lo suyo era una vieja amistad que uno no sabe cómo va a terminar, casi como un viejo juguete que no te atreves a tirar.

Una tarde, salieron a pasear y Toñito tiró el palo un poco más lejos que de costumbre. Prímula salió disparada a buscar el palo. Toñito la esperaba como resignado, como si le pesara esta amistad. Esperaba y esperaba pero su vieja amiga y cómplice no volvía. Al cabo de un rato, decidió ir a buscarla porque empezaba a preocuparse. Buscó y rebuscó por la maleza y los arbustos, pero la soga no aparecía. Sus esfuerzos fueron vanos. Prímula desapareció aquel día y nunca regresó. Toñito se sintió solo una temporada: aunque se habían alejado y no comprendía por qué su amiga más fiel no le había dado ninguna explicación. Sentía culpa y amargura pero pronto se olvidó de su juguete gracias a la presencia de sus compañeros.

Prímula, en realidad se había encontrado con sus congéneres al ir a buscar el palo que Toñito le había tirado entre las malezas y los arbustos. Primero se sorprendió al ver tantas como ella, era la primera vez que veía a tantas serpientes reunidas. Sintió que tenía que quedarse con esta familia porque sabía que la relación entre Toñito y ella, se había extinguido hacía ya mucho tiempo. Decidió emprender una nueva vida lejos de los humanos.

Víctor BLANCO

***

« Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió ».

Un zumbido de alas engulló al niño. Apareció de nuevo dentro de una centena de plumas azules, que volaban ante la luna llena. Y de la nube mágica salieron dos alas azuladas que luchaban contra el viento. Un grito agudo resonó en la tarde fría. La nieve caía y el pájaro azul voló entre los copos blancos. La soga se había transformado en el pájaro más bonito que nunca nadie había visto. Yo lo vi, al Toñito a quien le gustaban los juegos peligrosos, volando en el lomo de la nueva Prímula. El enorme pájaro desapareció.

Toñito no se lo podía creer. Prímula, su soga peligrosa, su serpiente adorada, su amiga fea era la criatura más bonita del mundo. Pero lo que tampoco sabía era que lo llevaba hacia otro mundo, aún más bonito. La bella Prímula se dirigió hacia el sol disfrazado de luna. Esta última se abrió, y los dos amigos entraron en un mundo tan melancólico como fantástico.

Allí, desde el cielo, Toñito veía a la gente que iba en la joroba de camellos. Cada persona en la cual se detenía llevaba todas los colores que el niño había visto desde su nacimiento. Llevaban pañuelos y vestidos. Olían a especias. Hablaban una lengua suave y cariñosa. A medida que descubría el sitio, Toñito se dio cuenta de que Prímula lo había llevado al mundo de las mil y una noches.

Al principio, Toñito se quedó maravillado por ese país fantástico, de mil colores. Pero cuando se acercó y vio los rostros fríos y pálidos de esa gente, que parecía más muerta que viva , su corazón se llenó de tristeza. Prímula lo dejó delante de un palacio inmenso, que parecía tocar las nubes con sus altas torres, y, seguido por el majestuoso pájaro, se adentró en el edificio, cuyos muros dorados se habían vuelto grises y sucios con el tiempo, como si nadie se hubiera encargado de ellos. Atravesaron salones lujosos, dormitorios de ensueño, grandes pasillos repletos de diamantes y espejos, pero esas cosas, que en otro tiempo habían sido magníficas, estaban desgastadas y todo parecía inspirarle más tristeza a Toñito. Los diamantes y los espejos no brillaban, grises de polvo, las telarañas abundaban en las butacas lujosas, era como si faltara algo en ese mundo de ensueño. Por último, los compañeros llegaron a una sala en la que una anciana esperaba, sentada en un trono roto y desconchado. La mujer le dijo suavemente al niño:

« Llevo años esperándote, tantos que ya he perdido la cuenta. Todos estábamos esperándote. Como has podido ver, este país está muriéndose. Nos morimos todos. Verás, este mundo y el tuyo están muy unidos: en otros tiempos, uno no podía vivir sin el otro. Tu mundo creía en el mío, y así es como existíamos, y a cambio, nosotros os dábamos esperanza, cuentos e historias en los que creer. Pero eran otros tiempos, en los que yo era una joven princesa y este sitio un palacio tan dorado y brillante que, cuando llegaban a la ciudad, los viajeros creían que el sol había bajado hasta el suelo. Pero los de vuestro mundo dejaron poco a poco de creer en nosotros, teniendo nuevas historias y distracciones. Por eso te necesitamos, Toñito. Tú supiste ver en una soga a la serpiente que se escondía en ella, eres la persona que necesitamos. Tú tienes lo que poca gente posee : una imaginación sin límites. Crees tanto en cosas imposibles que las haces posibles, y eso, eso es lo único que puede salvarnos. »

Irene CAMPILLO y Marie DESTARAC

      ***

Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió.

Yo estaba allí, tumbado debajo de la mesa del jardín, impotente ante tal espectáculo. Pero empujado por una fuerza invisible, el sentimiento de impartir justicia, mi compasión natural hacia los inocentes, mis deseos de paz en el mundo, y en gran parte porque odiaba a esa víbora, reventé.

Todos los presentes vieron cómo una sombra oscura saltaba sobre Toñito, interponiéndose entre los antiguos cómplices. La serpiente fue arrojada por los aires. Como a cámara lenta, aterrizó contra un árbol, separada en dos partes, y se deslizó hasta llegar al césped en un último suspiro de vida, parecida a un juguete abandonado. Del orgullo de la Prímula no quedaba ni rastro.

Yo me había convertido en esa silueta fugaz, que viendo el peligro que representaba la soga mientras los adultos miraban fíjamente al sol como sapos aturdidos por la luna, plantó sus uñas en la garganta del enemigo: el gato. Un felino impetuoso, valiente, que puso su vida en peligro para sus seres queridos. Además de tener el pelaje más suave que la diosa de la seda en persona, claro.

Sí, aquel felino que desde el principio no se acercaba a esa cuerda hechizada era yo. Había dejado de ser gato peludo para ser león heroico.

Pero al sentir los diminutos brazos temblorosos que me llevaban con pena, mi orgullo se evaporó como el ratoncito Pérez por las noches, el león feroz de las estepas volvió a su vida de gatito feliz amo de casa.

Levanté la mirada hacia un flequillo despeinado que me tapaba del enorme sol. Lágrimas desordenadas goteaban de las largas pestañas del niño, y fue cuando pude observar mi reflejo en sus ojos brillantes que supe que había recuperado a mi pequeño amo.

Le ofrecí mi mirada más valiente, con las pupilas dilatadas.

«¡Mamá, mira, ¡el gato con botas!»

Puede que este apodo os parezca lejos de mi idea del felino heroico, pero a mí me bastó.

Desde aquel día, duermo con Toñito en su cama, ambos enterrados bajo las espesas cobijas. A veces, por las noches, sueño con una inquietante lengüita rojiza. Sin embargo, al despertar de mi pesadilla, la respiración inocente de mi amigo me mece dulcemente.

Todos buscamos amigos excepcionales, persiguiendo personas ideales que no existen realmente o que nos decepcionan. De hecho, nos olvidamos demasiado de mirar alrededor de nosotros.

   Paloma DIAZ y Frey GUENOLA

              ***

Aurora, durante ese tiempo, se escondía detrás de un matojo, y observaba a Toñito, como solía hacerlo.

Era una pequeña pelirroja de doce años con los ojos azules tan profundos como el mar.

No hablaba mucho: era tímida.

Sus únicos amigos eran sus hojas y lápices, que le permitían expresar todo lo que callaba, particularmente el amor que tenía por Toñito, y que nunca pudo confesárselo.
Aurora había llegado a la ciudad de Antoñito un año y medio antes. Su familia y ella se instalaron en la casa contigua a la suya.  Su vecino, el chico que tenía un año más que ella, le daba mucha curiosidad por eso ella solía observarlo. Tenía mucha agilidad y se dedicaba a juegos peligrosos. Puesto que le observaba cada día más, Aurora sentía que estaba enamorándose de él. Pero el chico no le prestaba ninguna atención, quizás por ser más joven.

Aquella tarde de diciembre, Toñito apasionado por el paisaje, lanzó la soga con toda su fuerza, sin poder quitar sus ojos del sol.

Aquella vez fue demasiado.

Y Aurora, viendo que el peligro rodeaba a Toñito, salió del matojo y sin reflexionar empujó a Toñito que cayó como un plomo en el suelo.

Primero, no entendió lo que le estaba sucediendo. Pero cuando abrió sus ojos, y vio a Aurora quejumbrosa de dolor, reconoció a la chiquilla hasta ahora sin importancia, que acababa de salvarle la vida.

María MIROBOLANT

***

    “Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con una luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga” no volvió atrás con la energía de siempre, cuando estuvo en el aire volvió lentamente, parecía estar cansada. Entonces, Toñito decidió volver a casa con Prímula.

Se acostó con ella, como siempre. A la mañana siguiente se despertó y cuando tocó a la serpiente se dio cuenta de que estaba helada. La llevó y la puso delante de la hoguera para que se calentara.

Pasaron unos días, Prímula se había vuelto casi negra. Cuando el niño la llamaba, la soga se acercaba como un animal viejo y cansado. Toñito seguía bajando las escaleras con ella, lanzándola, trepando a los árboles con su ayuda. Pero ya no lo hacía como antes, tenía que hacerlo con menos energía y más cuidado por miedo a que se rompiese.

Los sapos no querían acercarse más a ella, les daba miedo porque ya no era la buena soga de antes. El día anterior, Prímula ahorcó a un gato con la ayuda de Toñito.

Hacía más de un año que el niño jugaba con la soga y ella parecía ya no querer jugar con él. Cuando Toñito la llamaba, ella no iba, la soga ya no saltaba de sus manos para lanzarse a los aires.

Ahora, ya nadie le pedía la soga, no porque sabían que Toñito les diría que no sino porque era peligrosa. Nadie le decía que no jugase con ella.

En enero hubo el día más frío de este invierno. Toñito se levantó y, como todos los dias desde hacía un poco más de un mes, puso a Prímula delante del fuego para que se calentara. Se fue afuera con la soga y decidió trepar a un árbol con ella. Cuando estaba trepando Prímula se partió en dos. El niño cayó al suelo con una parte de la soga. La cabeza de Toñito se golpeó con una roca.

Los dos estaban allí tumbados con la otra parte de Prímula que seguía balanceándose en el aire. El rostro del niño estaba pálido y parecía dormir. El de la serpiente parecía estar sonriendo y mirando a Toñito desde lo alto del árbol.

Nerea PRUNEAU-MARIN

***

A la soga ya le había salido una lengüita, en el sitio de la cabeza, que era algo aplastada; su cola, deshilachada, parecía de dragón.

La soga ya era la serpiente de Toñito. Fina, retorcida, viscosa, agresiva, con dos ojos amarillos que se movían en sus órbitas. Toñito pasaba sus días junto a ella y él también se transformaba: parecía cada vez más esquelético, cada vez más retorcido, viscoso, agresivo y avanzaba casi reptando por el jardín, amenazador. Poco a poco, su madre se fue dando cuenta de su desapego y, sobre todo, que era la soga la responsable de dicho cambio de carácter.  Casi le daba miedo su propio hijo. Hablaba solo, susurrando, y se reía mirando furtivamente a su derredor. A veces se le oía gritar con rabia en su cuarto, tirando cosas, rompiendo vidrios. Su madre intentaba comunicar con él pero le miraba como si no existiese, con una sonrisa en los labios, y no le contestaba. Un día, decidió quitarle la soga pero cuando quiso cogérsela, Toñito se la arrancó con frialdad:

– ¡No la toques! ¡Es mía!

– ¡Que soy tu madre!

– ¡Tú no eres nada para mí!

Intentó escapar pero su madre le agarró los brazos.

– ¡Déjame!

Le agarró aún más fuerte, sollozando.

– ¡Déjame!, gritó con odio.

Entonces, la soga atacó y se enroscó alrededor de la garganta de la mujer. Toñito observó la escena con terror y viendo a su madre que se asfixiaba, impotente, le rodó una lágrima por la barbilla.

– ¡No! ¡Mamá!

Agarró la cuerda con todas sus fuerzas y se la arrancó del cuerpo inanimado de su madre. Levantó la soga que intentaba escapar, torciéndose violentamente y la tiró al fuego. Se acercó a su madre y la besó en la frente.

Emma-Louise HURTIN, Paul ROUGEAN y Vincent BALOUP

***

Antoñito se despertó sobresaltado, empapado en sudor, su corazón latía muy rápido y su respiración estaba entrecortada. La visión de su serpiente, de su querida serpiente, acercándose a él, chocando su fría lengua contra su pecho y así rompiendo su camisa, lo perseguía, era como una pesadilla que no dejaba de atormentarlo y de la que no podía despertar. Se veía así mismo caer, sin ruido, como un peso muerto contra el suelo. Asesinado. Prímula.

No estaba debajo de las mantas a su lado, como solía hacerlo. El niño giró la cabeza bruscamente como si se tratara de un reflejo, intentaba verla, saber dónde estaba. Sus ojos recorrían la habitación sumergida en una profunda oscuridad y escudriñaban cada rincón. Prímula no estaba ahí.

De repente, su madre, alertada por el grito agudo y lleno de terror que había salido de la garganta de su hijo unos minutos antes, corría hacia la habitación. No sabía lo que pasaba y, llena de pánico, temía lo peor.

Cuando llegó delante de la puerta de su hijo, la abrió de un golpe seco, miró hacia todos los lados y, a pesar de que la luz estaba apagada, logró distinguir a su hijo acurrucado contra el respaldar de la cama como si una fuerza imaginaria lo retuviera en esa posición. Encendió la luz : quería ver la expresión del rostro de su hijo. Vio unos ojos llenos de lágrimas, una cara pálida y unos labios morados como la muerte misma. Distinguió en su expresión una mezcla de terror y confusión.

“¡Toñito! ¿Qué sucede?” exclamó ella con una voz que revelaba su impaciencia.

El niño la miró directamente a los ojos, saltó de la cama y rodeó la cintura de su madre con sus bracitos. Ella podía notar como él temblaba todavía después de esa oscura pesadilla. Intentaba hablar, pero no podía. Parecía que toda su voz se había ido junto con su último grito.

Balbuceó algunas sílabas:

“Mamá… Prímula… Se acercaba.. Pri… Prímula me mató.

-¿Prímula? ¿De quién estás hablando? Cariño, ¿estás bien?” preguntó su madre, con la voz dulce y cariñosa que ponía cada vez que su hijo tenía pesadillas o miedo a algo.

Oyendo estas palabras, Toñito abrió los ojos de par en par. ¿Prímula? ¿Su madre no sabía quién era Prímula, cuando lo había visto jugar tantas veces con ella, dormir con ella? ¿Había olvidado a la compañera de juegos de su hijo? El niño no entendía nada. Separó su cuerpo del de su madre y se dirigió hacia su cama. Palpó las sábanas todavía calientes de su lado de la cama, y el lado frío, helado, de Prímula. No lo creía, no podía entender lo que su madre le decía. Se podían ver todavía las arrugas en la sábana de la forma alargada del cuerpo de su amiga. Acercándose el cojín a la nariz, lo husmeó. Todavía podía olfatear el olor de su serpiente, ese olor raro y molesto, al cual ya se había acostumbrado. Le enseñó a su madre las pruebas de manera desesperada, como temiendo que lo olvidara también.

“¡Mira, mira! ¡Mamá! ¡Mira! gritaba el niño entre lágrimas, con las sábanas en las manos. ¡Dime que es una broma, que te estás burlando de mí, para ya! ¡No me mientas, no niegues la existencia de Prímula!”.

Su madre, confundida, no sabía qué responder.

Antoñito estaba triste, enfadado, perturbado, asustado. No entendía nada de lo que estaba pasando. Buscaba a Prímula con la mirada, aunque no estaba seguro de que quisiera encontrarla; le daba miedo pero al mismo tiempo la echaba de menos. A pesar de todo, estaba aliviado de que no estuviera ahí y de que hubiera sido como si jamás hubiera existido Prímula. Miró la ventana. Estaba abierta. “¿Por qué?”  se preguntó a sí mismo.

-”¿Has sido tú, mamá? y con la barbilla señaló la ventana. ¿La has dejado abierta?

-Sí, pensé que tendrías calor, y la dejé abierta después de que te cayeras muerto en la cama.”

Y entendió.

Se había ido, Prímula se había ido.

Se había ido para protegerlo. Para impedir que la pesadilla se convirtiese en una trágica realidad. Sonrió. Su serpiente, el mismo animal que se había negado a atacar a un gato que vivía en el barrio, lo había abandonado todo para protegerlo.

Se giró hacia su madre, que le sujetaba el hombro con fuerza, y sus miradas se cruzaron.

“Mamá, ya me siento mejor. Ya no tengo miedo. Tuve una pesadilla, me asusté y dije cosas sin sentido… No te preocupes. Es cosa de niños, no de adultos.”

La madre lo miró, y aunque sabía que su hijo ocultaba algo, le cogió de los  hombros y simplemente le dijo:

“Ven, vamos a dormir con papá, que esta habitación está muy fría y sucia, seguro que anoche vertiste tu zumo porque el suelo está baboso.”

Madeleine CAZALBOU, Laura TORRES CÁRDENAS, Helen DAWSON

***

Una tarde de diciembre, Toñito jugaba con Prímula. Su hermanito Pablo, lo miraba a través del agujero de la cerradura con envidia, estaba envidioso desde hacía años porque Toñito tenía la soga y nunca podía jugar con ella. Por eso lo miraba a través del agujero de la cerradura, quería vengarse. Había pensado en matar a Prímula pero no había podido, era una mala idea. Quería jugar con su hermano pero siempre estaba con Prímula y entonces no podía pasar tiempo con Toñito. Desde hacía meses y meses que pensaba en una manera para poder jugar de nuevo con su hermano. En un momento dado, Toñito lanzó la soga y ella volvió con mucha velocidad, Pablito pensó que era el momento ideal para eliminar a la serpiente y llegó corriendo y empujó a Toñito para recuperar la soga y echarla fuera.

A partir de ese momento, la soga disfrutaba de libertad. Se fue entre la vegetación del jardín, ya no estaba. Pablito se sentía contento, podría compartir con su hermano, sería suyo todo el tiempo.

Así fue como Pablito, sin saberlo, le salvó la vida a su hermano.

Marthe RECHSTEINER, Zoé  CAMERON y Margueritte PIGNARD

***

Prímula, inmóvil, imperturbable, observaba con una mirada inanimada a los ojos de Toñito. Ambos tenían la mirada vacía pero me parece que no era por la misma razón. Pensaba matarle de un golpe en el pecho como lo hubiera hecho un hombre con su pistola, pero yo sabía muy bien que Antoñito no podía morir así, muerto por Prímula. Los rayos del sol, poderosos y penetrantes dibujaban una aureola alrededor de Toñito y su sombra iluminaba a Prímula, cruel y poderosa.

La madre del chiquito que había oído el ruido estrepitosa de la caída de su hijo, corrió hacia su dormitorio. Cogió y tiró la soga con todas sus fuerzas, azotando al suelo con rabia y después de un chasquido estridente, cayó el objeto al suelo.

La madre llamó a urgencias.

Pasaron dos semanas y la experiencia que vivió Antoñito no le cambió: le seguían gustando los juegos peligrosos. La soga estaba colgada de un perchero y ahora nadie le prestaba atención alguna. Aquella mañana de Navidad, los rayos del sol habían dado paso a los reflejos de la nieve. Las bombillas del árbol de Navidad parpadeaban de manera rítmica y acompasada. Toñito se levantó y vio bajo el árbol una caja hermosa con su nombre. Lo abrió con los ojos brillantes que le brillaban de alegría –unos ojos de todo chiquito que abre el regalo de Navidad. Era una serpiente de peluche.

Antoñito tomó la costumbre de jugar con su peluche, su serpiente. Pero muy bien sabía que sólo era una tela sin alma, sin función, que no podía trepar a los árboles, acurrucarse en los bancos, ni rehusarse. Un día, el chiquito bajó a toda prisa por la escalera y acarició a Prímula. Ella, se enrolló alrededor de la mano de Toñito. Subió la escalera detrás de Toñito como un perro con su dueño. Toñito peinó a Prímula y le dijo que cada vez que fuera desobediente, le haría un nudo. La soga como era buena se convirtió en serpiente de peluche y Toñito ya no vio que la soga se retorciera.

Camille FONT y Sarah BARBIER

***

El niño no muere

« Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó en el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa.

Así murió Toñito. Yo lo vi, tendido, con los ojos abiertos.

La soga con el flequillo despeinado, enroscada junto a él, lo velaba. »

Al atardecer, los padres del niño volvieron a casa, después de un largo día de trabajo. Entraron y llamaron al niño. Pero no respondió. Como sabían que le gustaban los juegos peligrosos, estaban muy preocupados y decidieron ir en busca de su temerario hijo. Pasaban las horas y no encontraban ningún rastro de Toñito. Pero al cabo de un rato, acercándose a un descampado donde las investigaciones les habían llevado, oyeron un débil ruido , parecido a un estertor. Se dirigieron hacia esa respiración casi inaudible y vieron las primeras manchas de sangre… En cada peldaño, las gotitas se transformaban en charcos y Manuel y María, los dos padres, estaban cada vez más nerviosos y aterrorizados por lo que le hubiera podido ocurrir a Toñito. Cuando lo vieron, estaba tumbado en el suelo.

La madre gritó horrorizada: «¡Toñito!».

Entonces, el niño que estaba inconsciente, lívida la cara contra una roca, se levantó y miró a sus padres con ojos azorados. Anduvo tranquilamente hacia ellos y el padre le preguntó:

–¿Pero qué hacías tirado en el césped?

–¡Ma mató la soga! ¡La soga es mala! –dijo el niño en un último soplido, antes de caer al suelo extenuado.

Los padres descubrieron una herida en la cabeza del niño, de donde provenían los chorros de sangre. Pero nada grave; el niño solo estaba bajo los efectos del choque. El padre lo cogió por los hombros y lo llevó a casa para que descansara.

Dos días más tarde, Toñito conseguía andar y por fin pudo contar a sus padres lo que le había sucedido para que acabara en ese estado. Explicó que, cuando lanzó la soga, vio una imagen tan real de una serpiente que no retrocedió. La fuerza del golpe fue tan violenta que sintió que sele faltaban fuerzas en las piernas.

“ Y después no me acuerdo de nada”, suspiró el niño.

Tras dicha aventura, Toñito conservó la misma afición por el peligro y…

Pero esto ya es otra historia.

Nathan LE FLOHIC

***

La noche empezaba a caer y Toñito seguía tumbado en el césped del jardín, con un agujero en el pecho, y la Soga durmiendo encima de él. De repente, se despertó y miró a Toñito. La Soga lloraba, lloraba porque quería a Toñito. Miró el agujero en su pecho y tuvo una idea. Se acercó más a la herida y se volvió a poner bien el flequillo. La sangre seguía saliendo del cuerpo de Toñito y manchaba la hierba. De repente, la Soga saltó dentro del agujero para taparlo. La sangre dejó de salir directamente del cuerpo de Toñito, pero, la Soga, que estaba en él ya no podía respirar, y, naturalmente, su lengua y su color verde desaparecieron y se volvió a convertir en Soga que, sin la imaginación de Toñito, no podía vivir. Poco después de que la sangre dejara de manar. Toñito se despertó y sintió directamente una molestia, como si algo estuviera bloqueado en su pecho. Le costó bastante levantarse porque todavía le dolía el pecho, pero lo consiguió. Se fue directamente a la ducha para lavar la sangre y se fue a la cama.

Desde entonces, Toñito sin saberlo realmente vive con la Soga en el pecho. Pero cada vez que imagina algo o se sirve de su imaginación, le duele muchísimo el pecho porque la Soga se despierta e intenta salir, entonces, ya no imagina nada y casi no vive.

                                                    David SALGADO

***

FIN

 

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